Últimamente observo que en casi cualquier conversación de café, entre amigos, en una mesa familiar o incluso en esos improvisados análisis económicos que todos hacemos tratando de entender qué está pasando, aparece una pregunta persistente: ¿lo que estamos viviendo es un drama estrictamente argentino o el mundo entero está entrando en una etapa de crisis mucho más profunda?
La pregunta no es menor. Cuando vemos volatilidad en los precios, dificultades para sostener el poder adquisitivo, conflictos geopolíticos, incertidumbre económica y un creciente malestar social, resulta tentador buscar una explicación sencilla. Para algunos, todo lo que sucede en nuestro país es consecuencia exclusiva de las decisiones del gobierno de turno y de nuestros desequilibrios históricos. Para otros, la Argentina sería apenas una víctima de un escenario internacional cada vez más hostil e impredecible. Creo que ambas interpretaciones contienen una parte de la verdad, pero ninguna alcanza por sí sola para explicar lo que estamos viviendo.
La realidad parece encontrarse justamente en la intersección de ambos fenómenos: el mundo atraviesa una transformación profunda de su orden económico y geopolítico, mientras la Argentina intenta atravesar esa turbulencia cargando sobre sus espaldas décadas de vulnerabilidades propias.
Un mundo que mueve sus placas tectónicas
No creo que estemos necesariamente frente a un “colapso global” en el sentido clásico de la palabra. Tal vez resulte más apropiado imaginar lo que ocurre como un enorme movimiento de placas tectónicas. Durante años esas placas parecieron relativamente estables; hoy comenzaron a desplazarse y, cuando eso sucede, inevitablemente aparecen tensiones, fracturas y terremotos.
La globalización que conocimos durante las últimas décadas está cambiando. Las grandes potencias ya no toman sus decisiones comerciales exclusivamente pensando en eficiencia y costos. La seguridad energética, la tecnología, el acceso a minerales estratégicos, las cadenas de abastecimiento y la defensa de sectores considerados esenciales volvieron a ocupar un lugar central. La fragmentación comercial y las tensiones geopolíticas están modificando las reglas bajo las cuales funcionó buena parte de la economía mundial reciente.
A eso se suma un escenario internacional donde la inflación volvió a mostrar resistencia, los conflictos afectan los mercados energéticos y las condiciones financieras continúan representando un desafío para muchas economías. El FMI proyecta un crecimiento mundial del 3% para 2026, pero advierte sobre riesgos vinculados a nuevas escaladas geopolíticas, volatilidad de las materias primas y fragmentación comercial. El Banco Mundial, utilizando supuestos diferentes, ofrece una proyección todavía más cautelosa. Más allá de las diferencias entre pronósticos, ambos coinciden en algo importante: estamos frente a una economía mundial sometida a fuertes tensiones e incertidumbre.
Por eso quizá el error sea esperar que el mundo simplemente “vuelva a la normalidad”. Tal vez esta incertidumbre sea, durante bastante tiempo, parte de la nueva normalidad.
Argentina: atravesar la tormenta mientras reconstruimos el techo
Y aquí aparece nuestra particularidad. La Argentina recibe esa misma tormenta, pero no parte desde la misma posición que otras economías. Llegamos a esta transformación mundial después de décadas de inflación, crisis recurrentes, desequilibrios fiscales, dificultades para acumular reservas, problemas de financiamiento y una profunda desconfianza en nuestra propia moneda.
Al mismo tiempo, sería injusto analizar el presente como si nada estuviera cambiando. El país atraviesa un proceso intenso de estabilización y reordenamiento macroeconómico, con avances fiscales, modificaciones en el esquema monetario y cambiario y una recomposición gradual de reservas reconocida incluso por organismos internacionales. Pero estabilizar variables macroeconómicas no significa que sus beneficios se distribuyan inmediatamente sobre toda la sociedad, ni elimina el impacto que una transición de semejante magnitud puede producir sobre empresas, familias, salarios y consumo.
La paradoja argentina es que esta fragilidad convive con enormes oportunidades. Vaca Muerta, la minería, el agro, la economía del conocimiento y nuestra capacidad emprendedora pueden convertirse en fuentes extraordinarias de inversión, exportaciones y generación de divisas. El desafío consiste en transformar ese potencial sectorial en desarrollo económico más amplio, empleo, infraestructura y mejores condiciones de vida.
Por eso creo que debemos escapar de las explicaciones cómodas. No todo lo que nos ocurre es culpa del mundo, pero tampoco podemos analizar la Argentina como si existiera dentro de una burbuja. Las decisiones internas importan, y mucho. La disciplina fiscal, la estabilidad monetaria, la calidad institucional, la productividad, la educación y la capacidad de generar inversiones dependen fundamentalmente de nosotros. Pero esas decisiones deberán ejecutarse dentro de un escenario internacional considerablemente más complejo.
Quizá la pregunta correcta, entonces, no sea si la crisis es argentina o mundial. La verdadera pregunta es qué Argentina queremos construir para vivir en este nuevo mundo.
Porque no podemos detener el movimiento de las placas tectónicas globales, pero sí podemos decidir con qué cimientos enfrentaremos sus movimientos. Y tal vez allí se encuentre nuestro desafío más importante: dejar de esperar que pase la tormenta y comenzar, de una vez por todas, a construir un país capaz de navegar dentro de ella.