Elecciones 2027: entre el voto duro, el desencanto y la batalla por construir una mayoría

Todavía falta más de un año para que los argentinos vuelvan a elegir presidente y, si algo enseña nuestra historia política, es que semejante distancia convierte cualquier pronóstico electoral en un ejercicio necesariamente provisional. Una crisis económica, una recuperación inesperada, un conflicto político, la aparición de un nuevo candidato o simplemente el cambio de humor de una sociedad pueden modificar en pocos meses aquello que hoy parece consolidado. Sin embargo, las encuestas comienzan a mostrar tendencias que vale la pena observar, no porque permitan adivinar quién gobernará la Argentina después de diciembre de 2027, sino porque empiezan a revelar algo mucho más interesante: cuáles serán probablemente las preguntas que los candidatos deberán responder si quieren construir una mayoría.

La primera fotografía muestra una Argentina todavía profundamente fragmentada. Javier Milei continúa siendo el dirigente con mayor intención de voto individual en distintas mediciones, pero ya no aparece necesariamente acompañado por aquella sensación de inevitabilidad política que el oficialismo logró transmitir después de las elecciones legislativas de 2025. Al mismo tiempo, el peronismo conserva una enorme capacidad electoral, particularmente alrededor de Axel Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner, aunque continúa atravesado por una discusión que lleva años sin resolver: quién conduce, quién representa mejor su identidad y, fundamentalmente, quién puede sumar los votos que están fuera de sus propias fronteras.

Una encuesta nacional de Trends realizada entre el 21 y el 28 de julio de 2026 sobre 2.000 personas coloca a La Libertad Avanza, con Javier Milei como candidato, en el 32% de intención de voto y al peronismo encabezado por Axel Kicillof en el 30%. Mucho más atrás aparecen la izquierda con Myriam Bregman en 10%, el PRO con Mauricio Macri en 9%, Provincias Unidas con 3%, otros espacios con 7%, mientras un 6% permanece indeciso y un 3% elegiría votar en blanco. En un eventual balotaje, esa misma medición arroja prácticamente un empate: Milei 41% y Kicillof 40%.

El dato merece atención porque la misma consultora registraba en enero una distancia considerablemente mayor entre ambos. Según la serie publicada, Milei obtenía entonces 49% frente a 35% de Kicillof en una hipotética segunda vuelta. La brecha fue reduciéndose, incluso con algunos movimientos intermedios, hasta llegar al punto actual de máxima paridad. Esto no significa que Kicillof vaya a ganar en 2027 ni que Milei haya perdido su capacidad competitiva. Significa algo bastante más prudente y, al mismo tiempo, políticamente relevante: hoy no existe una elección presidencial definida.

Otra encuesta reciente permite comprender todavía mejor el fenómeno. CB Global Data realizó entre el 30 y el 31 de julio un relevamiento nacional de 1.252 casos. Cuando presentó un escenario en el que Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof competían simultáneamente, Milei obtenía 32,4%, Cristina 15,2% y Kicillof 14,7%. Separados, los dos principales referentes del universo peronista quedaban muy lejos del Presidente. Sumados, en cambio, alcanzaban prácticamente el mismo volumen electoral. La matemática electoral nunca es tan sencilla como sumar porcentajes, porque los votantes no son propiedades transferibles de los dirigentes, pero el ejercicio muestra con extraordinaria claridad el costo potencial de la fragmentación.

Y es aquí donde Cristina vuelve a ocupar un lugar central en el tablero político argentino, incluso cuando su situación judicial la mantiene actualmente inhabilitada para ejercer cargos públicos después de que la Corte Suprema dejara firme en junio de 2025 su condena a seis años de prisión e inhabilitación perpetua en la causa Vialidad. Su defensa sostiene su batalla jurídica y política, pero su peso electoral debe analizarse hoy fundamentalmente como el de una dirigente capaz de condicionar profundamente la construcción del espacio opositor.

La paradoja de Cristina quizá sea uno de los elementos más interesantes de cara a 2027. Dentro del universo que se identifica con el peronismo y el kirchnerismo, continúa conservando una enorme fortaleza. La encuesta de CB Global Data encuentra que un 29,1% de los entrevistados se identifica con esos dos espacios y que, dentro de ese conjunto, ante una hipotética habilitación de Cristina, el 46,8% preferiría que ella fuera candidata frente al 39% que elegiría a Kicillof. Es decir, Cristina podría continuar siendo más fuerte que el gobernador bonaerense hacia adentro del movimiento y, sin embargo, resultar menos competitiva cuando la discusión se traslada al conjunto de la sociedad.

El mismo estudio lo demuestra al proyectar escenarios de segunda vuelta. Frente a Cristina, Milei alcanzaría 44,8% y la expresidenta 39%. Frente a Kicillof, en cambio, la distancia se reduce notablemente: 43% para Milei y 41,6% para el gobernador bonaerense. Es apenas una fotografía y debe ser tratada como tal, pero plantea un dilema político clásico: el dirigente con mayor capacidad para representar la identidad de un espacio no siempre es quien posee mayor capacidad para ampliar electoralmente ese espacio.

Ese dilema no pertenece solamente al peronismo. Toda fuerza política que aspira a gobernar debe resolver una ecuación semejante. Primero necesita conservar a quienes ya están convencidos y después debe conseguir a quienes todavía no lo están. El núcleo duro sirve para llegar hasta cierto punto; las mayorías se construyen atravesando fronteras. Y probablemente allí se encuentre una de las claves de la elección presidencial de 2027: no ganará necesariamente quien tenga seguidores más apasionados, sino quien sea capaz de resultar aceptable para suficientes argentinos que hoy no pertenecen plenamente a ningún espacio.

Hay un dato de la encuesta de CB que ayuda a comprender esta cuestión. El 54,5% de los consultados respondió que desea un cambio de Gobierno en 2027, mientras solamente el 33,4% manifestó preferencia por la continuidad. A primera vista podría parecer una pésima noticia para Milei. Sin embargo, cuando se pregunta por candidatos, es Milei quien obtiene individualmente el porcentaje más alto. La contradicción es sólo aparente: una mayoría puede querer un cambio sin estar de acuerdo acerca de cuál debería ser la alternativa.

Ese probablemente sea hoy el mayor activo político del oficialismo. Milei no necesita únicamente convencer a quienes están satisfechos con su gobierno; también puede beneficiarse de que quienes están insatisfechos se encuentren divididos entre distintas opciones. Mientras un sector mire hacia Kicillof, otro hacia Cristina, otro hacia dirigentes provinciales, otro hacia propuestas de centro, otro hacia la izquierda y otro simplemente no encuentre representación, el voto oficialista puede mantener una extraordinaria competitividad aun sin constituir por sí mismo una mayoría absoluta.

En ese mismo relevamiento aparece otro número que merece tanta atención como cualquier medición entre candidatos: el 22,7% de las personas encuestadas declara no sentirse representado por ninguno de los espacios políticos propuestos. Es incluso ligeramente superior al 21,6% que se identifica con La Libertad Avanza y al 19,4% que se reconoce en el peronismo. Más allá de las limitaciones propias de toda encuesta, semejante dato describe una enorme zona de disputa política. Allí puede encontrarse una parte considerable de la elección futura.

Porque las elecciones presidenciales rara vez se deciden únicamente entre quienes llevan años convencidos. El kirchnerista probablemente continuará siendo kirchnerista; el libertario convencido probablemente continuará respaldando a Milei. El verdadero interrogante pasa por aquel ciudadano que votó a Milei en 2023 para terminar con una etapa política y económica que consideraba agotada, pero que puede sentirse hoy decepcionado; por quien jamás votaría al kirchnerismo pero tampoco está dispuesto a acompañar cualquier decisión del Gobierno; por quien pertenece culturalmente al peronismo pero reclama una renovación; por quien votó buscando estabilidad económica y evaluará su decisión observando el salario, el empleo, los precios, la producción y sus propias posibilidades de progreso.

Por eso la economía volverá inevitablemente al centro de la escena. La última medición de Trends registra que “economía” reapareció como el principal problema mencionado espontáneamente por los entrevistados, acompañada de cerca por la preocupación por los salarios. La misma encuesta muestra además un deterioro del humor social: 55% expresa sentimientos negativos frente al futuro y sólo 30% sentimientos positivos. En imagen de dirigentes tampoco aparecen liderazgos inmunes al desgaste: Milei registra 41% de imagen positiva y 58% negativa; Kicillof, 40% positiva; Cristina, 38% positiva frente a 59% negativa.

Esto conduce nuevamente a una vieja verdad electoral: las personas no votan balances técnicos, votan experiencias. Un gobierno puede mostrar equilibrio fiscal, reducción de determinados desequilibrios, crecimiento de sectores económicos o mejoras macroeconómicas, pero para transformar esos resultados en votos necesita que una parte suficientemente amplia de la sociedad pueda percibirlos en su vida cotidiana. El propio Gobierno deposita buena parte de su estrategia hacia 2027 en que la mejora económica termine imponiéndose sobre el desgaste político y sea reconocida por el electorado.

Para Milei, entonces, la principal campaña presidencial probablemente no comience con un acto ni con un slogan. Comienza con la capacidad de transformar estabilización macroeconómica en bienestar perceptible. Si hacia 2027 una mayoría siente que vive mejor, que recuperó poder adquisitivo, que tiene perspectivas de crecimiento y que el sacrificio de los primeros años produjo resultados, el Presidente contará con un argumento electoral formidable. Si, por el contrario, una parte sustancial de la sociedad reconoce avances estadísticos pero continúa sintiendo que el esfuerzo cotidiano no alcanza, la oposición encontrará el terreno sobre el cual construir una alternativa.

Pero tener terreno fértil no significa tener candidato ni proyecto. Ese será precisamente el desafío del peronismo. Kicillof parece hoy contar con una ventaja respecto de otros dirigentes: gobierna la provincia de Buenos Aires, posee estructura política, conserva identidad peronista y, de acuerdo con algunos sondeos, logra acercarse a Milei cuando la elección se plantea como un mano a mano. Sin embargo, para convertirse en un candidato presidencial realmente competitivo necesitaría realizar una operación política mucho más compleja que ganar una interna: conservar al votante kirchnerista y, simultáneamente, convencer a argentinos que durante los últimos años construyeron una fuerte resistencia hacia el kirchnerismo.

Cristina enfrenta el problema inverso. Conserva una capacidad de movilización, identificación y liderazgo extraordinaria dentro de una parte del electorado, incluso después de su condena y arresto domiciliario; Reuters señalaba ya en 2025 que su situación había reforzado su carácter simbólico para numerosos seguidores y que continuaba conservando una base significativa de apoyo. Pero el mismo liderazgo que cohesiona a una parte del peronismo provoca un rechazo igualmente intenso en otra parte de la sociedad.

Por eso la pregunta sobre Cristina quizá esté mal formulada cuando se reduce a saber si puede o no ser candidata. Su importancia para 2027 podría encontrarse en otro lugar: en determinar quién puede ser candidato sin enfrentarse a ella, quién puede heredar una parte de su representación y, sobre todo, si el peronismo será capaz de desarrollar un liderazgo nuevo sin convertir esa renovación en una ruptura. Cristina puede no estar jurídicamente en condiciones de presentarse y, sin embargo, continuar siendo una de las personas que más influya en la definición de la elección.

También existe un riesgo para el oficialismo en interpretar la división opositora como una garantía permanente. Ningún adversario permanece fragmentado necesariamente hasta el día de la elección. La política argentina ha demostrado muchas veces una extraordinaria capacidad para organizar coaliciones alrededor de un objetivo común cuando se aproxima el poder. Cuanto mayor sea el rechazo acumulado hacia una administración, mayores serán los incentivos para que quienes desean reemplazarla encuentren algún mecanismo de unidad. El 54,5% que hoy manifiesta querer un cambio no constituye automáticamente una mayoría opositora, pero representa un universo que ningún gobierno debería subestimar.

De la misma manera, sería un error suponer que cada caída circunstancial de imagen del Gobierno anticipa su derrota. Las encuestas registran estados de opinión, no destinos políticos. Incluso estudios académicos sobre elecciones argentinas han mostrado las dificultades de los métodos tradicionales para capturar determinados comportamientos electorales y los sesgos que pueden aparecer en contextos de alta polarización. Una encuesta es una fotografía tomada desde un determinado ángulo, con una determinada muestra y en un determinado momento. Lo verdaderamente útil no es convertir cada número en profecía, sino observar tendencias, comparar estudios y comprender qué problemas políticos aparecen repetidamente detrás de ellos.

Y los problemas que hoy aparecen son bastante claros. Milei conserva un núcleo electoral competitivo pero enfrenta desgaste y necesita que la economía llegue con mayor fuerza al bolsillo. Kicillof se consolida como uno de los dirigentes opositores con mejores posibilidades de competir, pero deberá demostrar que puede ampliar su representación más allá del peronismo tradicional. Cristina mantiene un poder interno formidable, aunque sus elevados niveles de rechazo plantean interrogantes sobre su capacidad para construir una mayoría nacional. Los sectores de centro y las fuerzas provinciales todavía no muestran una figura capaz de quebrar la polarización. Y, mientras tanto, una porción considerable del electorado observa el escenario sin sentirse plenamente representada.

Quizá por eso la elección de 2027 todavía no tenga un favorito inevitable. Tiene protagonistas, tendencias y posibilidades, pero no un desenlace escrito.

Durante demasiado tiempo la política argentina se acostumbró a medir su fortaleza contando seguidores y su debilidad contando adversarios. Pero una democracia no se gobierna solamente con quienes piensan igual. Para alcanzar la Presidencia hacen falta votos; para gobernar una Nación hace falta algo más difícil: construir confianza entre personas que no necesariamente comparten una identidad política.

Allí puede estar la verdadera batalla de 2027.

No será únicamente Milei contra Kicillof, libertarios contra peronistas o kirchnerismo contra antikirchnerismo. Será, probablemente, una competencia por interpretar a millones de argentinos que no quieren vivir eternamente dentro de las mismas divisiones, que observan menos los discursos que su propia realidad cotidiana y que pueden cambiar su voto si encuentran motivos suficientes para hacerlo.

El próximo presidente no surgirá solamente del espacio político que logre conservar mejor a los propios. Surgirá de aquel que consiga hablarles también a los que dudan, a los decepcionados, a los independientes y a quienes todavía no encontraron una representación que los convenza.

Porque un núcleo duro puede ganar una interna. Puede sostener un liderazgo. Puede incluso garantizar un lugar en una segunda vuelta.

Pero para gobernar la Argentina hace falta algo que hoy ninguno parece tener asegurado: una mayoría.

Y tal vez ésa sea la pregunta que deberíamos comenzar a hacernos desde ahora, mucho antes de ingresar al cuarto oscuro: ¿quién será capaz de construirla?

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