Hay una sensación que parece atravesar cada vez a más personas y que resulta difícil definir con una sola palabra. Estamos cansados. Pero no necesariamente cansados de haber trabajado físicamente durante muchas horas, como podían estarlo nuestros abuelos después de una jornada extensa. Es otro tipo de agotamiento. Más silencioso, más persistente y, muchas veces, más difícil de identificar. Podemos despertarnos después de haber dormido varias horas y sentir que todavía necesitamos descansar. Podemos terminar el día sin haber realizado ningún esfuerzo extraordinario y, sin embargo, sentir la cabeza saturada. Podemos sentarnos unos minutos intentando no hacer nada y descubrir, casi con sorpresa, que ya no sabemos hacerlo.
Hace algún tiempo escribí sobre el cansancio social, sobre ese agotamiento que generan determinadas relaciones, las demandas permanentes de los demás, los conflictos, las obligaciones asumidas y esa sensación de que siempre hay alguien esperando algo de nosotros. Hoy quisiera ir un poco más lejos. Porque detrás de aquel cansancio aparece otro fenómeno todavía más amplio: vivimos dentro de una sociedad que parece haber olvidado cómo descansar.
No solamente trabajamos. Estamos permanentemente disponibles. El teléfono vibra, llegan mensajes, correos electrónicos, noticias, promociones, videos, opiniones, problemas, discusiones, acontecimientos políticos, tragedias ocurridas a miles de kilómetros, recomendaciones sobre cómo alimentarnos, cómo dormir, cómo invertir, cómo entrenar, cómo relacionarnos y hasta cómo deberíamos sentirnos. Cada día recibimos una cantidad extraordinaria de estímulos que reclaman nuestra atención.
Y quizás allí se encuentre una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: tenemos más herramientas para ahorrar tiempo que cualquier generación anterior y, sin embargo, sentimos que nunca tenemos tiempo suficiente.
La tecnología nos permitió resolver en minutos tareas que antes demandaban horas. Podemos comunicarnos instantáneamente con alguien que se encuentra en cualquier lugar del mundo, realizar operaciones bancarias sin salir de nuestra casa, trabajar desde cualquier sitio, encontrar información en segundos y acceder a una biblioteca prácticamente infinita desde un pequeño dispositivo que llevamos en el bolsillo. Todo eso representa un avance extraordinario. El problema comienza cuando aquello que debía facilitarnos la vida termina ocupándola por completo.
Antes, salir del trabajo significaba generalmente abandonar físicamente el lugar donde trabajábamos. Hoy podemos llevar la oficina en el bolsillo. El mensaje puede llegar durante la cena. El correo electrónico puede aparecer un domingo. La consulta puede entrar mientras estamos conversando con nuestra familia. Y lentamente empezamos a confundir disponibilidad con responsabilidad.
La Organización Mundial de la Salud utiliza el término burnout específicamente para describir un fenómeno ocupacional vinculado con el estrés crónico laboral que no ha podido manejarse adecuadamente; no lo clasifica como una enfermedad médica. Pero fuera de esa definición clínica existe algo todavía más amplio que podríamos llamar agotamiento contemporáneo: una fatiga producida por la acumulación de estímulos, responsabilidades, decisiones, comparaciones, información y expectativas.
Porque también descansar se ha vuelto complicado.
Podemos acostarnos físicamente mientras nuestra mente continúa recorriendo el mundo. Miramos una noticia, después un mensaje, luego un video, después otro recomendado por el algoritmo y finalmente descubrimos que han pasado cuarenta minutos. Nuestro cuerpo está en la cama, pero nuestra atención continúa trabajando. La evidencia científica viene encontrando asociaciones consistentes entre el uso de medios electrónicos y una peor calidad del sueño, especialmente cuando las pantallas ocupan el tiempo destinado al descanso.
Por eso han comenzado a aparecer movimientos que reivindican algo que hace apenas unas décadas habría resultado extraño tener que defender: el derecho a desconectarnos.
Desactivar algunas notificaciones. No contestar inmediatamente. Alejar el teléfono durante una comida. Caminar sin auriculares. Dejar pasar unos minutos sin mirar una pantalla. Recuperar conversaciones sin interrupciones. Volver a leer un libro sin sentir cada treinta segundos el impulso de consultar otra cosa. Crear una pequeña distancia entre nosotros y ese flujo interminable de información.
No se trata de declarar una guerra contra la tecnología. Sería absurdo. Se trata simplemente de recordar quién debería controlar a quién.
También por esa razón conceptos como slow living, vida lenta o desconexión consciente han encontrado tanta resonancia. No necesariamente porque las personas quieran abandonar sus responsabilidades, sino porque muchas están descubriendo que vivir permanentemente acelerados tiene un costo. Hemos confundido durante demasiado tiempo velocidad con eficiencia, ocupación con importancia y productividad con valor personal.
Parecería que estar ocupado se convirtió en una especie de medalla social.
“Estoy a mil”, decimos.
Y muchas veces lo decimos casi con orgullo.
Pero quizás deberíamos empezar a preguntarnos hacia dónde estamos corriendo.
Algo parecido está ocurriendo con la salud mental. Y aquí encontramos otra contradicción interesante de nuestro tiempo. Las redes sociales ayudaron enormemente a poner sobre la mesa conversaciones que durante décadas permanecieron escondidas. Hoy resulta mucho más natural hablar de ansiedad, depresión, terapia, vínculos tóxicos, trauma o bienestar emocional. Personas que antes podían sentirse absolutamente solas descubrieron que otras atravesaban experiencias similares. Hablar dejó de ser, en muchos casos, motivo de vergüenza.
Eso representa un avance importante.
El problema aparece cuando la divulgación comienza a confundirse con el diagnóstico.
Un video de treinta segundos puede ayudarnos a reconocer una emoción, pero difícilmente pueda explicar la complejidad completa de una persona. Podemos aprender conceptos psicológicos en las redes, pero conocer un término no nos convierte automáticamente en profesionales de la salud mental. La Asociación Americana de Psicología ha advertido precisamente sobre la circulación de información psicológica inexacta en redes y el riesgo de que pueda favorecer autodiagnósticos o tratamientos equivocados. Investigaciones recientes también encontraron que, entre jóvenes que buscaban atención de salud mental, las redes sociales habían influido frecuentemente en creencias previas de autodiagnóstico.
Así empezamos a llamar “narcisista” a cualquier persona egoísta, “trauma” a cualquier experiencia desagradable, “ansiedad” a cualquier preocupación y “TDAH” a cualquier dificultad para concentrarnos.
Y entonces ocurre algo curioso: la misma herramienta que ayudó a derribar el estigma puede terminar simplificando aquello que pretendía explicar.
La psicología humana rara vez cabe en tres consejos.
Una persona es su historia, sus experiencias, sus vínculos, sus pérdidas, sus deseos, sus miedos, sus hábitos y su contexto. Comprender todo eso requiere tiempo. Precisamente aquello que nuestra sociedad parece empeñada en eliminar de cada proceso.
Queremos respuestas rápidas incluso para problemas que tardaron años en construirse.
Algo similar sucede con nuestro cuerpo. Durante décadas buena parte de la conversación sobre alimentación estuvo concentrada en adelgazar. Dietas milagrosas, restricciones extremas, productos mágicos y promesas de transformar nuestro cuerpo en pocas semanas. Lentamente está apareciendo una mirada bastante más interesante: ya no preguntarnos solamente cuántos años podemos vivir, sino cómo queremos llegar a esos años.
La longevidad comienza entonces a relacionarse con conservar autonomía, movilidad, capacidad cognitiva y posibilidad de seguir haciendo aquello que da sentido a nuestra vida. La propia Organización Mundial de la Salud define el envejecimiento saludable alrededor de mantener la capacidad funcional que nos permita continuar haciendo aquello que valoramos.
Eso cambia completamente la pregunta.
Ya no se trata únicamente de pesar menos.
Se trata de poder levantarnos solos cuando seamos mayores. Caminar. Pensar con claridad. Mantener vínculos. Aprender. Decidir. Participar. Conservar independencia.
Y cuando miramos el cuidado personal desde esa perspectiva, muchas soluciones dejan de parecer extraordinarias.
Dormir razonablemente bien. Caminar. Mantener actividad física. Trabajar la fuerza muscular. Alimentarnos de manera relativamente sencilla. Evitar que la mayor parte de nuestra alimentación dependa de productos ultraprocesados. Mantener relaciones humanas. Gestionar el estrés. Realizarnos controles médicos cuando corresponde.
Nada demasiado espectacular.
La evidencia disponible relaciona una mayor exposición a alimentos ultraprocesados con numerosos resultados adversos de salud, particularmente cardiometabólicos, aunque como ocurre en nutrición deben interpretarse cuidadosamente las asociaciones y la calidad de cada estudio. Del mismo modo, las recomendaciones internacionales continúan colocando la actividad física y el fortalecimiento muscular entre los pilares básicos para conservar salud y funcionalidad.
Sin embargo, aquí aparece nuevamente nuestra cultura.
Porque incluso el bienestar terminó convirtiéndose en una industria del rendimiento.
Abrimos Instagram y encontramos personas despertándose a las cinco de la mañana, meditando veinte minutos, tomando agua con ingredientes extraordinarios, escribiendo un diario de gratitud, corriendo diez kilómetros, preparando un desayuno perfecto, tomando siete suplementos y comenzando su jornada laboral cuando nosotros todavía estamos buscando dónde dejamos las pantuflas.
Y entonces sucede algo bastante perverso: entramos a las redes buscando aprender a vivir mejor y terminamos sintiéndonos culpables porque aparentemente tampoco sabemos cuidarnos correctamente.
Es el bienestar performativo.
No alcanza con estar bien.
También hay que parecerlo.
La alimentación debe fotografiarse perfectamente. La ropa deportiva debe combinar. El gimnasio debe ser espectacular. La casa debe transmitir serenidad. La rutina matutina debe tener cinco pasos. El descanso también debe ser productivo. La meditación debe mejorar nuestro rendimiento. Las vacaciones tienen que generar contenido.
Incluso la paz termina teniendo indicadores de rendimiento.
Quizás por eso empieza a resultar tan atractiva otra forma mucho menos espectacular de entender el bienestar: hacer cosas pequeñas que realmente podamos sostener.
Caminar veinte o treinta minutos.
Comer un poco mejor.
Dormir un poco más.
Apagar el teléfono antes de acostarnos.
Decir que no cuando corresponde.
No responder inmediatamente todo lo que recibimos.
Sentarnos a tomar un café sin hacer simultáneamente otras tres cosas.
Conversar mirando a la persona que tenemos enfrente.
Leer unas páginas.
Respirar.
Estar.
Parece poco. Pero quizás sea muchísimo.
El problema de nuestra época no siempre consiste en que necesitemos incorporar más cosas a nuestra vida. Tal vez necesitemos comenzar a quitar algunas.
Menos estímulos.
Menos ruido.
Menos opiniones.
Menos urgencias inventadas.
Menos comparación.
Menos obligación de demostrar permanentemente que estamos haciendo algo.
Los estoicos comprendieron hace siglos una idea que hoy parece extraordinariamente moderna: nuestra energía es limitada y debemos aprender a distinguir aquello sobre lo que podemos actuar de aquello que escapa de nuestro control. No podemos detener el ruido del mundo, pero podemos decidir cuánto de ese ruido permitimos entrar cada día en nuestra mente.
No podemos impedir que llegue un mensaje.
Podemos decidir cuándo responderlo.
No podemos controlar las opiniones ajenas.
Podemos decidir cuánto tiempo ocuparán dentro de nuestra cabeza.
No podemos detener la velocidad de una sociedad entera.
Pero podemos elegir nuestra propia velocidad en determinados momentos.
Quizás la verdadera revolución de estos años no sea hacer más.
Quizás sea recuperar nuestro tiempo.
Porque nuestro tiempo no es solamente una unidad del reloj. Nuestro tiempo es nuestra vida. Cada hora que entregamos a una discusión inútil, a una pantalla que miramos automáticamente, a una preocupación que no podemos resolver o a una obligación que nunca deberíamos haber aceptado es una pequeña porción de nuestra existencia que no regresará.
Por eso cuidar nuestra atención también es cuidarnos.
Cuidar nuestra alimentación es cuidarnos.
Cuidar nuestro descanso es cuidarnos.
Cuidar nuestros vínculos es cuidarnos.
Y aprender a establecer límites también es cuidarnos.
Pero hagámoslo sin transformar el autocuidado en otra competencia.
No necesitamos convertirnos en la versión perfecta que alguien muestra en una red social. No necesitamos levantarnos a las cinco de la mañana para demostrar disciplina ni realizar veinte hábitos diarios para sentir que estamos aprovechando nuestra existencia.
Necesitamos encontrar una vida que podamos sostener.
Una vida suficientemente saludable, suficientemente ordenada, suficientemente consciente y, sobre todo, verdaderamente nuestra.
Tal vez hoy podamos comenzar con algo extremadamente sencillo.
Dejar el teléfono durante un rato.
Salir a caminar.
Mirar el cielo.
Sentarnos al lado de alguien que queremos.
Comer sin mirar una pantalla.
Escuchar música.
Quedarnos unos minutos en silencio.
No para producir más después.
No para convertirnos en personas más eficientes.
No para subir una fotografía demostrando que estamos practicando slow living.
Simplemente porque estamos vivos.
Y porque quizás haya llegado el momento de recordar que descansar no es perder el tiempo.
A veces, descansar es exactamente la manera de recuperarlo.