En una Argentina tan heterogénea y polarizada como la nuestra, donde muchas veces el límite entre pensar diferente y convertirse automáticamente en adversarios parece haberse borrado, intentar analizar la realidad política con cierta objetividad se ha vuelto un ejercicio incómodo. Vivimos atrapados con demasiada frecuencia en la lógica del amigo o enemigo: si no pensás como yo, estás contra mí; si reconocés algo positivo del Gobierno, sos oficialista; si señalás un error, inmediatamente pasás a formar parte de la oposición. Como si pensar exigiera necesariamente elegir una camiseta antes de observar los hechos.
Desde hace tiempo veo y leo críticas contra el gobierno de Javier Milei provenientes de sectores opositores que, en algunos casos, parecen incapaces de reconocer siquiera un resultado favorable. Del otro lado encuentro exactamente el fenómeno inverso: defensores del oficialismo que justifican prácticamente cualquier decisión y reaccionan frente a toda crítica como si cuestionar una medida significara necesariamente querer que al país le vaya mal. Entre ambos extremos queda atrapada una enorme cantidad de argentinos que simplemente queremos comprender qué está sucediendo.
Y quizás ahí esté uno de nuestros mayores problemas. Hemos reemplazado el análisis por la pertenencia. Por eso quiero intentar algo diferente. No defender a Milei ni condenarlo. No escribir desde la comodidad de una identidad partidaria, sino observar su gestión desde los resultados, las dificultades y las contradicciones que hoy presenta la Argentina. Porque la realidad rara vez es completamente blanca o completamente negra. Está formada por hechos que conviven, incluso cuando parecen contradecirse. Podríamos llamarlo, tomando prestado el título de aquella vieja película: lo bueno, lo malo y lo feo.
Lo bueno
Sería difícil analizar los primeros años del gobierno de Javier Milei ignorando que se produjeron cambios importantes en algunas variables macroeconómicas que durante décadas parecían imposibles de ordenar. El equilibrio fiscal es probablemente el ejemplo más contundente. El Sector Público Nacional cerró 2024 con superávit financiero equivalente al 0,3% del PBI y volvió a registrar resultado financiero positivo en 2025, esta vez cercano al 0,2% del producto. Más allá de las discusiones legítimas acerca de cómo se consiguió ese equilibrio y quién soportó proporcionalmente el peso del ajuste, el cambio respecto de una Argentina habituada al déficit permanente resulta objetivamente significativo.
Algo semejante ocurrió con la inflación. Argentina venía de convivir durante años con una aceleración de precios que había destruido prácticamente cualquier posibilidad de planificación familiar o empresarial. En agosto de 2026, el IPC registró una variación mensual del 1,7%. Esto no significa que los precios hayan bajado ni que el problema esté definitivamente resuelto; significa que la velocidad a la que aumentan se redujo sustancialmente respecto de los niveles heredados al comienzo de la gestión. Y esa diferencia, aunque a veces parezca semántica, es fundamental.
También hubo un profundo cambio en materia monetaria y cambiaria. El programa iniciado en diciembre de 2023 fue avanzando por etapas hasta llegar, en abril de 2025, a un sistema de flotación dentro de bandas, acompañado por el levantamiento de las restricciones para la compra de divisas por parte de personas humanas, la eliminación del llamado dólar blend y una flexibilización importante para operaciones de comercio exterior y distribución de utilidades. Por eso ya no resulta correcto hablar del “cepo” en los mismos términos en que se hacía durante los primeros meses de la administración.
En materia de inversiones, el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones —RIGI— se convirtió en una de las herramientas centrales de la estrategia oficial. Para junio de 2026, el Ministerio de Economía informaba 16 proyectos aprobados por casi 30.000 millones de dólares de inversión comprometida, además de otros proyectos en evaluación. Energía, petróleo, gas, minería e infraestructura aparecen como los grandes protagonistas de esta nueva etapa inversora.
El sector externo también muestra números relevantes. Entre enero y agosto de 2026, las exportaciones de bienes alcanzaron 67.248 millones de dólares, un incremento interanual del 21,4%, mientras que sólo en agosto la balanza comercial dejó un superávit de 2.187 millones de dólares. Son números que permiten pensar en una Argentina con una capacidad exportadora considerablemente mayor si logra consolidar durante años reglas previsibles y aprovechar plenamente su potencial energético, agroindustrial, minero y tecnológico.
Hasta aquí, una parte de la Argentina que muestran los números. Pero los números nunca cuentan por sí solos toda la historia.
Lo malo
Porque mientras determinadas variables macroeconómicas exhiben una transformación importante, existe otra Argentina: la que vive puertas adentro de cada hogar, detrás del mostrador de un comercio, dentro de una pequeña fábrica o mirando el resumen de una tarjeta de crédito.
Y allí la recuperación es mucho menos lineal.
El ajuste fiscal tuvo costos. La reducción de la obra pública, la contracción inicial de la actividad, la pérdida del poder adquisitivo producida durante la primera etapa del programa y la readecuación de tarifas afectaron de manera muy diferente a empresas, trabajadores y familias. La economía experimentó luego una recuperación considerable —el PBI había crecido interanualmente 6,3% en el segundo trimestre de 2025—, pero los últimos indicadores vuelven a mostrar señales de fragilidad: en julio de 2026 el estimador mensual de actividad cayó 1,4% interanual y 2,9% respecto del mes anterior en términos desestacionalizados.
El consumo tampoco acompaña necesariamente con la misma velocidad a los indicadores macroeconómicos. Las ventas de supermercados a precios constantes acumularon entre enero y julio de 2026 una caída del 2,7% respecto del mismo período del año anterior. El mercado laboral presenta asimismo tensiones: en junio de 2026 había aproximadamente 6,09 millones de asalariados privados registrados, con una variación mensual negativa del 0,1%, mientras la tasa de desocupación del segundo trimestre se ubicó en 7,9%.
La pobreza merece una lectura igualmente cuidadosa. El primer semestre de 2026 registró un 32,3% de personas por debajo de la línea de pobreza y un 7,5% en situación de indigencia. Son niveles que muestran una mejora respecto de los peores momentos de la crisis, pero siguen representando millones de argentinos viviendo con enormes dificultades. Este es, a mi entender, uno de los grandes desafíos del programa económico: lograr que el orden macroeconómico termine convirtiéndose en bienestar microeconómico. Porque una economía puede exhibir equilibrio fiscal, menor inflación, inversiones y crecimiento exportador y, al mismo tiempo, contener familias que siguen sintiendo que no llegan a fin de mes. Ambas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.
El verdadero éxito de cualquier programa económico no puede medirse únicamente observando una planilla del Ministerio de Economía, pero tampoco puede evaluarse ignorándola. La estabilidad macroeconómica es necesaria para construir prosperidad sostenible; el interrogante es cuánto tiempo demora esa estabilidad en traducirse en salarios reales, empleo privado, crédito, consumo, movilidad social y oportunidades concretas.
Lo feo
Y llegamos quizás al punto que personalmente más me preocupa. No está únicamente en la economía. Está en nosotros. Argentina atraviesa una profunda fractura social y política que lleva muchos años desarrollándose y que ninguna administración consiguió resolver. El actual Gobierno tampoco parece haber encontrado todavía una forma de reducirla. Por momentos, incluso, la confrontación ocupa demasiado espacio en la conversación pública.
Hemos normalizado la agresión. Personas que probablemente podrían compartir una mesa, trabajar juntas o ayudarse frente a una dificultad cotidiana terminan tratándose como enemigos porque votaron distinto. Las redes sociales amplificaron ese fenómeno hasta convertir cualquier diferencia en un combate permanente. Ya no discutimos una idea: cuestionamos moralmente a quien la expresa. Ya no buscamos comprender por qué alguien piensa diferente: buscamos demostrar que esa persona está equivocada. Y una sociedad no puede construir un proyecto común de esa manera.
Podremos discutir eternamente si el ajuste debía ser más rápido o más gradual, si determinado impuesto debía eliminarse antes que otro, si una privatización fue conveniente o inconveniente, si una medida cambiaria llegó en el momento correcto o si una política social debió implementarse de otra manera. Esa discusión es saludable. Lo peligroso comienza cuando dejamos de discutir políticas y empezamos a negar la legitimidad humana de quien piensa diferente.
La democracia necesita oposición. También necesita gobierno. Necesita periodismo independiente, empresarios, sindicatos, universidades, trabajadores, organizaciones sociales y ciudadanos capaces de ejercer una mirada crítica. Pero, fundamentalmente, necesita instituciones que sobrevivan a quienes circunstancialmente las ocupan.
Argentina no puede comenzar nuevamente desde cero cada cuatro años. Ese quizás sea nuestro verdadero desafío histórico: construir consensos básicos que ningún cambio de gobierno destruya. Equilibrio fiscal, moneda estable, educación de calidad, seguridad jurídica, respeto por la propiedad privada, asistencia eficiente para quienes realmente la necesitan, instituciones republicanas sólidas, infraestructura, producción, trabajo y apertura al mundo no deberían pertenecer ideológicamente a nadie. Deberían formar parte de un acuerdo elemental acerca del país que queremos construir.
El difícil puente entre el presente y el futuro
Hay un dilema que atraviesa prácticamente todos los procesos de transformación: las reformas necesitan tiempo, pero las personas viven hoy. Una familia no paga la factura dentro de cinco años. Un comerciante no espera una década para saber si podrá mantener abierto su negocio. Una PyME necesita vender este mes, pagar salarios este mes y afrontar impuestos este mes. Allí aparece el delicado equilibrio entre sostener reformas estructurales y preservar la capacidad social para atravesarlas. Al mismo tiempo, abandonar cualquier transformación cada vez que aparecen dificultades tampoco parece una solución. Argentina tiene una larga historia de planes económicos inconclusos, reformas revertidas y reglas modificadas permanentemente. Esa incapacidad para sostener políticas durante períodos prolongados es también parte de nuestro fracaso.
Por eso probablemente debamos aprender a convivir con una verdad incómoda: ordenar una economía profundamente desequilibrada tiene costos, pero esos costos no pueden convertirse en una abstracción estadística. Detrás de cada indicador hay personas.
El desafío hacia adelante será comprobar si la estabilidad conseguida en determinadas variables logra extenderse hacia la economía cotidiana. Si las inversiones se transforman en puestos de trabajo. Si las exportaciones generan nuevas cadenas productivas. Si el equilibrio fiscal permite reducir impuestos sin regresar al déficit. Si la menor inflación devuelve crédito y capacidad de ahorro. Y, especialmente, si el crecimiento llega también a la pequeña empresa, al comerciante, al profesional independiente y al trabajador. Ese será el verdadero examen.
Una mirada desde la fe
Pero existe otra dimensión que personalmente no quiero dejar afuera. Creo profundamente que los países, como las personas, también atraviesan procesos de aprendizaje. Hay momentos en nuestra vida en los que las estructuras conocidas dejan de funcionar y nos vemos obligados a revisar aquello que durante años considerábamos inamovible. Las crisis pueden destruirnos, pero también pueden obligarnos a cambiar. La fe, entendida de esta manera, no significa esperar pasivamente que algo extraordinario suceda. Tampoco consiste en negar la realidad o reemplazar el análisis económico por pensamiento mágico. Para mí, la fe es una fuerza aplicada a la acción: confiar mientras trabajamos, perseverar mientras atravesamos dificultades y mantener nuestros valores precisamente cuando las circunstancias ponen esos valores a prueba.
Hay una parte del destino argentino que no depende de Javier Milei, de un ministro, de un gobernador ni de un partido político. Depende de nosotros.
Depende del empresario que decide seguir invirtiendo. Del trabajador que hace correctamente su tarea. Del docente que continúa enseñando. Del comerciante que abre cada mañana. Del joven que estudia. Del profesional que se capacita. Del ciudadano que cumple la ley incluso cuando nadie lo observa. Y también de nuestra capacidad para abandonar esa costumbre tan argentina de esperar que un líder venga finalmente a resolvernos la vida.
La política importa. Las instituciones importan. La economía importa. Pero ninguna sociedad prospera durante mucho tiempo si sus ciudadanos renuncian a la responsabilidad individual.
Por eso prefiero mirar el futuro argentino sin fanatismo, pero también sin resignación.
Reconocer lo bueno no significa convertirse en oficialista. Señalar lo malo no transforma a nadie en opositor. Y advertir lo feo debería servirnos, fundamentalmente, para comprender cuánto tenemos todavía que cambiar como sociedad.
Quizás madurar democráticamente consista precisamente en eso: aprender a reconocer un acierto en alguien a quien no votamos y señalar un error en alguien a quien sí votamos. Poder cambiar de opinión cuando cambian los hechos. Entender que ningún dirigente merece obediencia intelectual y que ninguna ideología debería quitarnos la libertad de pensar.
El futuro de la Argentina no está escrito. Los números pueden mostrarnos dónde estamos. La historia puede enseñarnos de dónde venimos. La política puede ofrecernos diferentes caminos. Pero somos nosotros, como sociedad, quienes finalmente tendremos que decidir qué hacemos con todo eso.
Tengo fe en nuestro país. Pero no una fe ingenua que espera milagros mientras permanece inmóvil. Tengo fe en una Argentina que sea capaz de recuperar el valor del trabajo, la producción, la educación, el mérito, la solidaridad, la honestidad y el respeto por quien piensa diferente.
Porque quizá la verdadera transformación que necesitamos no sea solamente económica.
Quizá también tengamos que aprender, de una vez por todas, a construir un país en el que podamos pensar distinto sin convertirnos en enemigos.