Esta semana he tenido, de manera recurrente, conversaciones con distintas personas sobre un tema que, cuanto más sencillo parece, más profundo se vuelve cuando intentamos definirlo: la felicidad. Todos hablamos de ella, todos deseamos alcanzarla y probablemente buena parte de las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida estén condicionadas, consciente o inconscientemente, por esa búsqueda. Trabajamos, construimos proyectos, formamos vínculos, emprendemos, viajamos, acumulamos experiencias y perseguimos determinados objetivos porque suponemos que detrás de ellos existe algo parecido a la felicidad. Sin embargo, cuando intentamos explicar exactamente qué significa ser feliz, las certezas comienzan a desaparecer. A partir de esas conversaciones me puse a releer viejos escritos, libros y algunos artículos que fui publicando con el paso de los años, y descubrí algo que me llamó particularmente la atención: había escrito mucho sobre crecimiento personal, psicología, filosofía, estoicismo, conciencia, propósito y desarrollo humano, pero relativamente poco sobre la felicidad en sí misma. También volví a encontrarme con aquellos primeros apuntes que escribía alrededor de 2010 y 2011 y pude observar cuánto había evolucionado mi manera de pensar y, especialmente, mi forma de escribir. Esa comprobación, curiosamente, me produjo felicidad. No había ganado nada, nadie me estaba felicitando y tampoco había alcanzado una nueva meta. Simplemente estaba contemplando mi propio recorrido y reconociendo que, de alguna manera, había crecido. Entonces pensé que quizás allí aparecía una primera pista: la felicidad no siempre llega acompañada de acontecimientos extraordinarios. A veces se manifiesta silenciosamente cuando somos capaces de reconocer el valor de aquello que hemos vivido, aprendido y construido.
En ese momento recordé En busca de la felicidad, la conocida película protagonizada por Will Smith e inspirada en la historia de Chris Gardner, aquel vendedor de equipos médicos que atravesó enormes dificultades económicas mientras cuidaba a su pequeño hijo y luchaba por abrirse camino hasta convertirse en corredor de bolsa. Más allá de la historia de superación, siempre me resultó interesante su título, porque contiene una idea profundamente arraigada en nuestra cultura: suponemos que la felicidad es algo que debemos buscar. Imaginamos que se encuentra en algún punto del futuro, esperando que cumplamos determinadas condiciones para finalmente alcanzarla. “Seré feliz cuando consiga ese trabajo”, “cuando gane determinada cantidad de dinero”, “cuando pueda comprar mi casa”, “cuando encuentre pareja”, “cuando mis hijos crezcan”, “cuando pueda viajar”, “cuando me jubile”, “cuando este problema desaparezca”. Y así vamos desplazando la felicidad hacia adelante como quien persigue permanentemente el horizonte. El problema es que cuando alcanzamos aquello que tanto deseábamos suele ocurrir algo inesperado: después de un tiempo nos acostumbramos. Aquello que parecía extraordinario se convierte en cotidiano y aparece un nuevo objetivo que vuelve a colocar la felicidad algunos kilómetros más adelante. Quizás por eso una de las preguntas más importantes que podemos hacernos no sea dónde encontrar la felicidad, sino qué estamos entendiendo realmente cuando hablamos de ella.
La psicología contemporánea permite aproximarnos a esta cuestión distinguiendo diferentes dimensiones del bienestar. Existe, naturalmente, una felicidad asociada al placer inmediato: disfrutar una comida, una conversación, una canción, el contacto con la naturaleza, una tarde tranquila o ese café que tomamos sin apuro. Son experiencias sencillas y profundamente humanas que alivian la tensión cotidiana y hacen nuestra vida más agradable, aunque inevitablemente sean pasajeras. Existe también esa sensación que aparece cuando nos involucramos completamente en una actividad que nos apasiona: escribir durante horas sin percibir el paso del tiempo, resolver un desafío complejo, construir algo con nuestras manos, trabajar en un proyecto que verdaderamente nos entusiasma o aprender algo que exige toda nuestra atención. La psicología denomina “flujo” a ese estado en el que la concentración es tan profunda que el tiempo parece desaparecer. Pero existe todavía una dimensión diferente, probablemente la más profunda: aquella vinculada con el sentido. Es la percepción de que nuestra vida tiene dirección, que aquello que hacemos representa nuestros valores, que nuestras acciones importan para alguien y que nuestra existencia participa de algo que va más allá de la satisfacción inmediata. Esta distinción resulta fundamental porque permite comprender que estar contento no es exactamente lo mismo que sentir que nuestra vida vale la pena. Necesitamos placer, naturalmente, pero una existencia construida exclusivamente alrededor del placer difícilmente pueda sostenernos cuando aparecen la enfermedad, una pérdida, una crisis económica, un fracaso o cualquiera de esas circunstancias inevitables que forman parte de vivir.
Tal vez por eso deberíamos abandonar otra idea bastante extendida: creer que una persona feliz vive permanentemente entusiasmada. La felicidad no puede ser una sucesión ininterrumpida de emociones positivas porque eso sería incompatible con la experiencia humana. Todos atravesamos tristeza, miedo, enojo, frustración, decepción y dolor. Una vida plena no es una vida sin problemas, sino una vida en la que los problemas no destruyen necesariamente el sentido. Tampoco podemos reducir la felicidad a determinadas sustancias producidas por nuestro cerebro, aunque sabemos que procesos relacionados con la motivación, el vínculo, el placer y la regulación emocional poseen necesariamente una dimensión biológica. Somos cuerpo y mente, pero también historia, interpretación, vínculos y significado. Quizás por eso la felicidad se parezca menos a un estado permanente y más a una determinada disposición frente a la existencia: la capacidad de disfrutar lo bueno cuando aparece, soportar lo difícil cuando llega y conservar cierta perspectiva aun cuando las circunstancias no coinciden con nuestros deseos. En este sentido, la tranquilidad podría ser una forma mucho más profunda de felicidad que la euforia. Llegar a casa y sentir paz. Dormir con la conciencia tranquila. Poder compartir una mesa con personas que queremos. Saber que nuestras decisiones se parecen a nuestros valores. Son experiencias menos espectaculares que aquello que solemos exhibir como felicidad, pero probablemente mucho más duraderas.
Mientras investigaba sobre el tema apareció casi casualmente en mi teléfono un video del doctor Daniel López Rosetti hablando sobre la conocida “curva de la felicidad” en forma de U, una idea que ha surgido en distintos estudios sobre bienestar subjetivo y que describe una tendencia interesante: en determinadas poblaciones, los niveles de satisfacción con la vida suelen ser relativamente altos durante la juventud, disminuir durante parte de la mediana edad y recuperarse posteriormente. Naturalmente, no debe interpretarse como una ley biológica ni como una predicción matemática de nuestro destino. Cada historia es diferente y existen innumerables circunstancias personales, económicas, familiares y culturales que modifican nuestra experiencia. Sin embargo, como imagen resulta sugestiva. Durante la juventud el futuro parece enorme, existen pocas experiencias acumuladas y muchas posibilidades abiertas. Todavía no conocemos completamente nuestros límites y las primeras experiencias poseen una intensidad particular. Después llegan los treinta y los cuarenta y con ellos suele aparecer una concentración extraordinaria de responsabilidades: construir una carrera, sostener una familia, criar hijos, asumir compromisos económicos, acompañar a nuestros padres cuando comienzan a envejecer y, al mismo tiempo, intentar no abandonar nuestros propios sueños. Es también la etapa en la que empezamos a comparar seriamente la vida que imaginábamos con la vida que efectivamente construimos. Algunas cosas salieron mejor de lo esperado; otras simplemente no ocurrieron. Y ese ajuste entre expectativas y realidad puede resultar doloroso.
Pero después puede producirse una transformación mucho más interesante. Al avanzar en la vida comenzamos, en muchos casos, a relativizar aquello que antes parecía fundamental. Dejamos de necesitar tanta aprobación, empezamos a elegir mejor nuestras discusiones y comprendemos que buena parte de las competencias en las que participamos no tenían demasiado sentido. Algunas ambiciones continúan intactas —y me parece saludable que así sea—, pero ya no necesariamente nacen de la necesidad de demostrarle algo al mundo. Descubrimos el valor del tiempo porque empezamos a entender que no es infinito. Valoramos de otra manera la salud, los afectos, una conversación sincera, la libertad, el silencio, la posibilidad de decidir con quién compartir nuestros días y qué clase de proyectos merecen nuestra energía. Quizás por eso la madurez puede traernos una felicidad distinta: no necesariamente porque tengamos menos problemas, sino porque comenzamos a desarrollar una relación diferente con ellos. Cuando somos jóvenes solemos pensar que seremos felices cuando la realidad finalmente coincida con nuestros deseos. Con los años podemos descubrir algo bastante más poderoso: no siempre podremos modificar la realidad, pero sí podemos trabajar sobre la manera en que nos relacionamos con ella.
Esa conclusión, curiosamente, no tiene nada de nueva. Hace más de dos mil años los filósofos griegos ya intentaban responder exactamente la misma pregunta. Para Aristóteles, la felicidad —la eudaimonía— no era simplemente sentirse bien, sino vivir bien. Representaba el florecimiento humano, una existencia desarrollada de acuerdo con la virtud, la prudencia y la excelencia. No se trataba de perseguir permanentemente el placer ni de acumular reconocimiento, sino de convertirse en determinada clase de persona a lo largo de toda una vida. Epicuro, frecuentemente presentado de manera equivocada como un defensor del placer desenfrenado, proponía casi lo contrario: encontraba la buena vida en la moderación, la amistad, la conversación, los placeres sencillos y la ataraxia, esa tranquilidad del alma que aparece cuando dejamos de ser esclavos de deseos innecesarios y temores permanentes. Resulta extraordinario pensar que después de más de dos milenios seguimos enfrentando prácticamente el mismo dilema: cuánto necesitamos realmente para vivir bien y cuánto sufrimiento generamos intentando conseguir cosas que tal vez nunca fueron indispensables.
Los estoicos llevaron esta reflexión todavía más lejos. Epicteto, Séneca y Marco Aurelio comprendieron que una parte enorme de nuestra infelicidad nace de intentar controlar aquello que sencillamente no depende de nosotros. La opinión ajena, la conducta de otras personas, determinados acontecimientos económicos o políticos, el pasado, el paso del tiempo, los imprevistos e incluso muchas circunstancias relacionadas con nuestro propio cuerpo escapan parcial o completamente a nuestra voluntad. Sin embargo, gastamos una cantidad extraordinaria de energía intentando dominar lo incontrolable. La propuesta estoica no consiste en resignarse ni en permanecer indiferente frente a la realidad. Consiste en establecer una frontera inteligente entre aquello sobre lo que podemos actuar y aquello que debemos aprender a aceptar. Mis pensamientos, mis decisiones, mis principios y mi conducta me pertenecen. El resto del mundo no. Y cuanto antes comprendemos esa diferencia, más libres podemos ser. En cierto sentido, los estoicos estaban formulando hace siglos una de las claves psicológicas más importantes de la felicidad: no necesitamos que el mundo se comporte permanentemente como deseamos para conservar nuestra paz interior.
Las tradiciones religiosas y espirituales llegaron, utilizando otro lenguaje, a conclusiones sorprendentemente cercanas. En la tradición judeocristiana la felicidad profunda nunca quedó reducida al éxito material ni a la acumulación. Las Bienaventuranzas colocan en el centro valores como la humildad, la misericordia, la paz, la justicia y el amor al prójimo. Hay allí una idea poderosa: la vida adquiere una dimensión distinta cuando deja de girar exclusivamente alrededor del yo. Servir, amar, perdonar, acompañar y trascender nuestros intereses inmediatos puede otorgarnos una forma de sentido que ningún objeto puede reemplazar. Las tradiciones orientales, por su parte, advirtieron hace siglos sobre el sufrimiento asociado al apego y al deseo interminable. Si nuestra tranquilidad depende de conseguir permanentemente algo que todavía no poseemos, nunca estaremos verdaderamente completos. Cambian las palabras, cambian los símbolos y las tradiciones, pero una idea vuelve a repetirse: lo exterior puede contribuir enormemente a nuestra felicidad, pero difícilmente pueda construirla por sí solo.
La psicología moderna retomó muchas de estas intuiciones desde otro lugar. Martin Seligman, uno de los principales referentes de la psicología positiva, desarrolló el modelo PERMA para explicar el bienestar a partir de cinco componentes: emociones positivas, involucramiento, relaciones, significado y logro. Me parece particularmente interesante observar que solo uno de esos pilares se refiere directamente a sentir emociones agradables. Los demás hablan de comprometernos profundamente con lo que hacemos, establecer buenos vínculos, encontrar un propósito y experimentar la satisfacción de crecer y conseguir aquello que consideramos valioso. Esto nos recuerda algo bastante sencillo que muchas veces olvidamos: una buena vida necesita placer, pero también necesita personas, desafíos, proyectos y sentido. Necesitamos tener algo que hacer, alguien a quien querer y alguna razón para levantarnos por la mañana. Quizás el verdadero problema de nuestra época no sea que nos falten posibilidades de entretenimiento, sino que demasiadas veces intentamos llenar con estímulos el espacio que solamente puede ocupar el significado.
Y llegado a este punto no podría cerrar esta reflexión sin mencionar a Carl Gustav Jung, uno de los autores que más admiro y cuya obra me ha llevado tantas veces a pensar en la relación entre nuestro mundo interior y la realidad que construimos afuera. Jung no desarrolló una teoría convencional sobre la felicidad, pero su concepto de individuación toca directamente este problema. Todos necesitamos construir una Persona, esa identidad social con la que nos presentamos ante los demás. Somos empresarios, profesionales, trabajadores, padres, hijos, amigos, comunicadores; cumplimos funciones y representamos distintos papeles según las circunstancias. Nada de eso es necesariamente falso. El conflicto aparece cuando terminamos identificándonos exclusivamente con esos roles y olvidamos que detrás de ellos existe una realidad psicológica mucho más compleja. Allí aparecen aspectos que preferimos ocultar, contradicciones, heridas, deseos, capacidades desconocidas y aquello que Jung denominó la Sombra. La madurez psicológica no consiste en eliminar esas partes de nosotros mismos, sino en reconocerlas e integrarlas. Tal vez una porción importante de nuestra infelicidad nazca precisamente de la distancia entre la vida que mostramos y la vida que sentimos, entre aquello que hacemos y aquello en lo que verdaderamente creemos, entre nuestras decisiones y nuestros valores.
Jung sintetizó parte de esta idea con una frase extraordinaria: “Quien mira hacia afuera, sueña; quien mira hacia adentro, despierta”. Mirar hacia adentro no significa abandonar el mundo exterior. Debemos trabajar, producir, generar recursos, desarrollar proyectos, relacionarnos y perseguir objetivos. Yo mismo encuentro enorme satisfacción en crear, emprender y avanzar. Pero ninguna conquista externa puede resolver definitivamente un conflicto que pertenece al mundo interior. Podemos cambiar de empleo, de automóvil, de casa, de ciudad o de relación; podemos alcanzar reconocimiento, dinero y determinadas metas. Todo eso puede mejorar nuestra vida y sería absurdo negarlo. Sin embargo, tarde o temprano volvemos a encontrarnos con nosotros mismos. Y quizás allí se encuentre la diferencia entre éxito y plenitud. El éxito puede ser visible para los demás; la plenitud solamente la conoce quien la experimenta.
Hace muchos años, en uno de aquellos textos que escribía alrededor de 2011, dejé una frase que hoy vuelvo a leer desde una perspectiva diferente: “Cuando persigas tu felicidad con un deseo ardiente, se construirán puentes donde antes solo había ríos”. Continúo creyendo profundamente en la fuerza del deseo, la voluntad y la capacidad humana para transformar la realidad. Pero hoy agregaría algo que probablemente entonces todavía no comprendía completamente. Quizás esos puentes no se construyan solamente porque deseamos llegar intensamente a la otra orilla. También necesitamos comprender por qué queremos cruzar, qué estamos buscando del otro lado y quién es esa persona que está intentando hacerlo. Porque los años pasan, los objetivos cambian y también nosotros cambiamos. Algunas personas llegan a nuestra vida y otras se van. Hay proyectos que funcionan y proyectos que fracasan. Vivimos momentos extraordinarios y atravesamos otros que hubiéramos preferido evitar. Ganamos, perdemos, aprendemos, nos equivocamos, comenzamos de nuevo. Y cuando miramos hacia atrás descubrimos que incluso aquello que alguna vez consideramos un desvío terminó formando parte del camino que nos convirtió en quienes somos.
Hoy, habiendo pasado los cincuenta, creo que comienzo a entender la felicidad de una manera diferente. Ya no la imagino como ese momento perfecto en el que todos los problemas finalmente desaparecen, porque probablemente ese día nunca llegue. Tampoco la veo como una estación al final del viaje donde podremos bajar, mirar alrededor y decir: “Llegué; a partir de ahora voy a ser feliz”. La felicidad se parece mucho más a aprender a viajar. A disfrutar una conversación mientras está sucediendo. A valorar a quienes todavía están sentados a nuestra mesa. A trabajar en aquello que nos entusiasma. A conservar la capacidad de sorprendernos. A agradecer lo conseguido sin perder las ganas de crecer. A aceptar aquello que no podemos cambiar y reunir el coraje necesario para modificar lo que sí depende de nosotros. A reconciliarnos con nuestra propia historia, incluso con aquellos capítulos que no hubiéramos elegido escribir. Y también a permitirnos estar tristes algunos días sin interpretar que nuestra vida ha perdido sentido. Quizás la gran transformación aparezca cuando dejamos de preguntarnos permanentemente qué necesitamos conseguir para ser felices y comenzamos a preguntarnos cómo queremos vivir mientras perseguimos aquello que deseamos. Porque la vida no empieza cuando terminemos de resolver nuestros problemas. Está ocurriendo ahora, mientras hacemos planes, trabajamos, amamos, esperamos, perdemos, construimos, envejecemos y soñamos. No hay otra vida escondida detrás de nuestras metas. Es esta.
Y quizás eso sea, finalmente, lo que tantos filósofos, religiones, psicólogos y pensadores han intentado enseñarnos utilizando palabras diferentes. Podemos buscar la felicidad durante toda una vida creyendo que se encuentra un poco más adelante, o podemos comenzar a descubrirla en la forma en que transitamos aquello que ya estamos viviendo. Hoy, después de todo lo recorrido, aprendido, perdido, conseguido y transformado, tengo una convicción mucho más sencilla que la que probablemente tenía cuando escribía aquellos primeros textos hace quince años: la felicidad no es un destino ni un objetivo al que algún día vamos a llegar. La felicidad debe ser el camino.