Un 7 de junio de 2010 escribí unas palabras para conmemorar el Día del Periodista. En aquel texto recordaba que un 7 de junio de 1810 Mariano Moreno fundaba La Gaceta de Buenos Aires y que, en 1938, el Congreso Nacional de Periodistas había establecido esa fecha como homenaje a quienes ejercen la noble tarea de informar. También reflexionaba sobre la importancia de la objetividad, la independencia y la libertad de expresión, valores que consideraba esenciales para el ejercicio del periodismo.
Han pasado dieciséis años desde aquella publicación. El mundo cambió, la tecnología transformó la forma en que nos comunicamos y la información comenzó a viajar a una velocidad impensada. Sin embargo, al releer aquellas líneas descubro que muchas de las preocupaciones de entonces siguen estando presentes. Cambiaron los escenarios, cambiaron las herramientas y cambiaron los actores, pero los desafíos fundamentales continúan siendo los mismos.
Durante décadas se definió al periodismo como el «cuarto poder». La expresión puede parecer exagerada para algunos, pero refleja una realidad innegable: quien controla la información posee una enorme capacidad de influencia sobre la opinión pública. Precisamente por eso, la independencia periodística resulta tan valiosa. Cuando el periodista se convierte en vocero de intereses políticos, económicos, corporativos o ideológicos, deja de cumplir su función esencial y comienza a transformarse en una pieza más de un engranaje destinado a moldear relatos antes que a buscar la verdad.
En 2010 advertía sobre los intentos de presión, censura y condicionamiento que podían sufrir aquellos medios o periodistas que se atrevían a cuestionar al poder. Hoy esa preocupación sigue vigente, aunque adopta nuevas formas. Ya no se trata únicamente de la presión directa ejercida por gobiernos o grupos económicos. Existen también mecanismos más sutiles y complejos: campañas de desprestigio en redes sociales, operaciones digitales, ejércitos de cuentas anónimas, manipulación algorítmica y una creciente tendencia a etiquetar como enemigo a quien simplemente piensa distinto.
La irrupción de Internet y de las redes sociales democratizó el acceso a la información como nunca antes en la historia. Cualquier ciudadano puede registrar un hecho, transmitirlo en tiempo real y compartirlo con millones de personas. Esto representa una enorme conquista para la libertad de expresión, pero también ha traído consigo nuevos desafíos. La abundancia de información no siempre significa mayor conocimiento. En ocasiones, la velocidad le gana a la verificación, la emoción desplaza a los hechos y la viralización termina imponiéndose sobre la verdad.
Vivimos en una época donde resulta cada vez más difícil distinguir entre información, opinión, propaganda y entretenimiento. Las fronteras se vuelven difusas y la sociedad corre el riesgo de quedar atrapada en burbujas ideológicas donde cada uno consume únicamente aquello que confirma sus propias creencias. En este contexto, el periodismo profesional adquiere una responsabilidad aún mayor. No se trata solamente de informar primero, sino de informar mejor. No se trata de decir lo que la audiencia quiere escuchar, sino de investigar, contrastar fuentes y acercarse lo más posible a los hechos.
Por supuesto, la objetividad absoluta probablemente sea una meta inalcanzable. Todos observamos la realidad desde nuestra propia experiencia, valores y formación. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre reconocer nuestras limitaciones humanas y renunciar deliberadamente a la búsqueda honesta de la verdad. La ética periodística consiste precisamente en ese esfuerzo permanente por verificar, contextualizar y presentar los hechos con honestidad intelectual.
También es justo reconocer que ejercer el periodismo nunca ha sido una tarea sencilla. En muchos lugares del mundo los periodistas continúan siendo perseguidos, amenazados e incluso asesinados por cumplir con su trabajo. En otros, la presión económica, la precarización laboral y la polarización social dificultan el ejercicio libre de la profesión. Por eso, más allá de las diferencias ideológicas o editoriales que podamos tener con determinados medios o comunicadores, debemos defender siempre el derecho a informar y a expresarse libremente.
La democracia necesita ciudadanos informados, pero también necesita periodistas capaces de preguntar cuando otros callan, investigar cuando otros miran hacia otro lado y sostener la búsqueda de la verdad incluso cuando resulta incómoda. El periodismo no debe estar al servicio de gobiernos, partidos políticos, empresas o grupos de presión. Su compromiso fundamental debe ser con la sociedad y con los hechos.
Hoy, al recordar aquellas palabras escritas en 2010, sigo creyendo en los mismos principios que las inspiraron. La tecnología cambió, los medios evolucionaron y las formas de comunicar se multiplicaron, pero la esencia permanece intacta: informar con honestidad, actuar con independencia y defender la libertad como condición indispensable para el desarrollo de una sociedad verdaderamente democrática.
El respeto por la libertad de expresión y de prensa son pilares indispensables en una sana democracia. Feliz día para todos los periodistas y mi deseo de que con total convicción e imparcialidad puedan realizar su noble trabajo, seguros, en paz y en total libertad.