Durante un período de casi 10 años Argentina ha vivido en general una época de bonanza indiscutida, sobresalto más, sobresalto menos, pudimos llegar a un punto en el que todos podemos estar de acuerdo en el crecimiento indiscutido y generalizado. Un crecimiento que aunque no haya sido acompañado por desarrollo, lo notamos y vemos. Como industrial he vivido en estos 10 años con etapas de picos de ventas donde incluso se vendía más de lo que se podía fabricar y otras donde era común la escases de materia prima, o la falta de energía suficiente para alimentar la planta y poder producir. Así y todo pasamos y llegamos hasta aquí. En el marco de un crecimiento global de consumo, principalmente de alimentos, y China encabezando el ranking de demanda, sumado al incremento de los precios mundiales de dichos alimentos (commodities) y en principio una devaluación que hizo en sus comienzos despegar la industria nacional y las exportaciones.
Pero estamos en un punto donde debemos pararnos y replantear estrategias en un mundo global cambiante. El crecimiento de Brasil y la implementación de políticas productivas firmes y diversas, ponen nuevos competidores en carrera y quienes antes nos compraban (China=Soja), hoy pasan a vender. El nuevo contexto internacional nos muestra una crisis importante en Europa, Estados Unidos que no logra despegar y estimaciones de reducción en las tasas de crecimiento Chinas. Nuestro país está en una situación donde cabe un ejemplo: “Si Argentina fuera un Taxista y todos sus clientes compraran un auto, se quedaría sin servicio que brindar”. Hoy nuestros países compradores están produciendo por su cuenta e incluso mejorando la producción.
Por otra parte, aquella devaluación que nos alentó a parte del crecimiento hoy nos juega una mala pasada y venimos a caballo de una inflación sin freno, desbocada. A esta altura ya se hace muy difícil producir en el país y lograr competir en el exterior con productos de manufactura muy costosa, llegando incluso a valores similares o peores que en la década del 90 (se estima que de estar con un cambio similar al 1 a 1 hoy el dólar podría costar $0,95), a esto le tenemos que agregar una fuga constante de capitales, crecimiento del gasto público, crecimiento del clientelismo político y manejos poco serios de fondos y políticas de estado a largo plazo (que creo sinceramente, no las hay). Nuevamente padecemos la falta de billetes y para variar, el incremento constante de los precios en los productos básico que es cada vez mayor.
El futuro del próximo gobierno va a ser muy arriesgado y quien permanezca o tome el timón de nuestro país tendrá que lidiar con un entorno complicado. Para lograr tener éxito deberá pacificar y unificar el país, y como primer medida, lograr el diálogo, consenso y acuerdo de todos los sectores sociales para garantizar la gobernabilidad y fortalecer la nación devaluada que deberá reacomodar su posición estratégica a nivel global. Debemos tener mucho cuidado en este reacomodamiento que llevará a globalizar también nuestros precios internos, ajustando tarifas, combustibles, comestibles, salarios, etc. dado que hoy vivimos en una burbuja irreal. Los combustibles van buscando su valor internacional (precios o escases es la consigna de las petroleras) por lo que se puede deducir que las tarifas de servicios tomarán el mismo rumbo a no ser que se mantengan los subsidios que nos cuestan 11 millones de pesos por hora.
Quiero pensar en un país de pie y en paz, para ello, como mencioné anteriormente, el próximo gobiernos tendrá que ser capaz de lograr el dialogo con todos los sectores ya sea de la industria, la producción, el comercio, los sindicatos, etc. para trabajar sobre la base de una renovación general de políticas de estado proyectadas a futuro con solidas bases en el presente y una idea común de crecimiento, desarrollo y progreso en todos los ámbitos sociales que integran un país. Eso nos dará la imagen de una nación que quiere crecer y dejar a las futuras generaciones un ejemplo de realización para el bien común de la patria.