Cuando el dolor parece no tener salida: comprender y prevenir el suicidio

Con motivo de una nueva conmemoración del Día Mundial para la Prevención del Suicidio decidí escribir estas líneas de una manera diferente. No solamente desde aquello que pude leer, estudiar o conversar durante muchos años, sino abriendo una parte de mi historia personal que durante mucho tiempo permaneció reservada a mi círculo más íntimo. Hablar del suicidio nunca es sencillo. Existen palabras que todavía incomodan, silencios familiares que parecen imposibles de romper y experiencias que uno aprende a llevar consigo sin saber demasiado bien cuándo llegará el momento de compartirlas. Sin embargo, también creo que determinadas historias adquieren sentido cuando pueden servir para que otra persona comprenda que el sufrimiento no necesariamente representa el final del camino.

En otro artículo conté parte de la historia de mi padre, quien tomó la decisión de quitarse la vida en julio de 2001. Aquella experiencia dejó preguntas que me acompañaron durante años, pero también me enfrentó posteriormente con mis propios fantasmas. En 2004 atravesé una depresión profunda y llegué peligrosamente cerca de tomar la misma decisión. En aquel momento límite apareció en mi mente el recuerdo y la voz de mi abuelo, suficiente para interrumpir durante unos instantes aquella lógica oscura en la que me encontraba atrapado. Al día siguiente, 12 de Septiembre de 2004 (Hoy se cumplen 22 años), sufrí un accidente que, paradójicamente, me enfrentó de una manera completamente distinta con la posibilidad de morir. Y ocurrió algo que todavía hoy recuerdo con enorme intensidad: cuando la vida estuvo verdaderamente amenazada, descubrí cuánto quería conservarla.

No interpreto aquella sucesión de acontecimientos como una fórmula mágica ni creo que pensar en algo haga que necesariamente ocurra. Lo que sí aprendí es la extraordinaria importancia de cuidar aquello con lo que alimentamos nuestra mente, de reconocer a tiempo cuándo nuestros pensamientos comienzan a encerrarnos y de comprender que pedir ayuda no constituye una derrota. Desde entonces fui construyendo algo que considero mucho más importante que el simple deseo de sobrevivir: una profunda valoración de la vida, la búsqueda de sentido y propósito, el amor por quienes me rodean y la necesidad de intentar ayudar cuando alguien atraviesa su propia noche.

Durante muchos años me hice las mismas preguntas. ¿Qué puede llevar a una persona hasta semejante límite? ¿Qué sucede en su mente? ¿Existe realmente un instante preciso en el cual se toma la decisión? ¿Es posible advertirlo? ¿Podemos hacer algo quienes estamos cerca? Haber vivido el suicidio dentro de mi familia y haber transitado personalmente una crisis profunda me llevó a hablar con profesionales, escuchar otras experiencias, acercarme a grupos de ayuda, leer una importante cantidad de bibliografía y tratar de comprender un fenómeno que, cuanto más se estudia, más difícil resulta reducir a una explicación sencilla. Por eso estas líneas no pretenden ser un abordaje clínico ni reemplazar la palabra de un psiquiatra, un psicólogo o un profesional de la salud. Escribo desde mi experiencia personal, desde lo aprendido y desde una convicción que se fortaleció con los años: hablar responsablemente sobre el suicidio puede salvar vidas.

El suicidio constituye uno de los problemas de salud pública más complejos y dolorosos de nuestras sociedades. La Organización Mundial de la Salud señala que más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año en el mundo y que sus causas son múltiples, relacionadas con factores sociales, culturales, biológicos, psicológicos y ambientales. También advierte que un intento previo constituye uno de los principales factores de riesgo y que muchos suicidios ocurren durante crisis en las cuales la persona siente que ya no puede afrontar determinadas situaciones vitales.

Esta complejidad obliga a abandonar una idea demasiado frecuente: creer que existe una única causa. Una separación, una deuda, una pérdida laboral, una enfermedad, un duelo o un conflicto familiar pueden aparecer cerca del momento de una crisis, pero difícilmente expliquen por sí solos todo lo que está sucediendo. En muchos casos existe una acumulación silenciosa de sufrimiento, aislamiento, desesperanza, trastornos depresivos, consumo problemático de sustancias, enfermedades crónicas, experiencias traumáticas o la sensación cada vez más profunda de haberse convertido en una carga para los demás. Lo que desde afuera puede parecernos un problema transitorio, desde el interior de una mente sometida a un enorme dolor puede adquirir dimensiones absolutas.

El psicólogo estadounidense Edwin Shneidman utilizó el término *psychache* para describir ese dolor psicológico insoportable que puede estar presente detrás de una conducta suicida. Me parece una idea particularmente importante porque ayuda a comprender algo fundamental: muchas veces la persona no desea verdaderamente la muerte en el sentido convencional de la expresión; desea desesperadamente que termine el sufrimiento y, en determinado momento, pierde la capacidad de imaginar otra manera de lograrlo.

Allí aparece lo que suele describirse como una especie de estrechamiento o túnel cognitivo. Las alternativas desaparecen, el futuro deja de percibirse como un territorio abierto y comienza a sentirse como una prolongación inevitable del dolor presente. Aquello que una persona emocionalmente estable podría analizar como un problema difícil pero solucionable se transforma, dentro de esa crisis, en una realidad aparentemente definitiva. La desesperanza no solamente hace sufrir: también modifica la manera de interpretar las posibilidades.
Esto permite comprender mejor otro aspecto que siempre me generó interrogantes: la premeditación. Existen crisis suicidas profundamente impulsivas, desencadenadas durante períodos muy breves de enorme intensidad emocional, y otras situaciones en las cuales existe una planificación previa que puede prolongarse durante días, semanas o más tiempo. Pero cometeríamos un grave error si interpretáramos esa planificación como prueba de absoluta serenidad o racionalidad. Una persona puede organizar determinados aspectos de su conducta y, sin embargo, estar tomando decisiones desde un estado psicológico profundamente condicionado por el sufrimiento, la desesperanza y una percepción severamente reducida de las alternativas disponibles.
Por eso tampoco puedo aceptar dos expresiones que escuché innumerables veces a lo largo de mi vida: que quien se suicida es un cobarde o, exactamente en el extremo contrario, que hace falta una enorme valentía para quitarse la vida.
Decir que se trata de cobardía supone imaginar a una persona que contempla serenamente todas las soluciones disponibles y decide escapar de sus responsabilidades simplemente porque no tiene suficiente fortaleza para enfrentarlas. Esa descripción ignora la realidad del sufrimiento psíquico. Quien atraviesa una crisis suicida puede llegar a creer sinceramente que no existe solución, que su presencia perjudica a quienes ama o incluso que los demás estarán mejor cuando él ya no esté. Juzgar moralmente desde afuera aquello que sucede dentro de semejante estado de desesperación no solamente es injusto: puede profundizar el estigma que todavía impide que muchas personas pidan ayuda. Pero tampoco debemos romantizar el suicidio presentándolo como un gesto heroico, una demostración de valentía o la expresión suprema de autonomía. Convertir la muerte en una imagen épica es especialmente peligroso porque otorga un significado casi admirable a aquello que, en realidad, debemos comprender como una crisis humana que requiere acompañamiento y asistencia. No hay épica en una persona que llegó a sentir que todas las puertas estaban cerradas. Hay dolor. Hay desesperación. Hay una historia que necesita ser escuchada. Y, muchas veces, hay una posibilidad de recuperación que esa persona ya no consigue ver por sí misma.
Después de todo lo vivido, para mí el suicidio no pertenece al territorio de la cobardía ni al de la valentía. Esos son juicios morales demasiado pequeños para explicar un fenómeno extraordinariamente complejo. Prefiero hablar de sufrimiento, vulnerabilidad, desesperanza, prevención, acompañamiento y oportunidades de intervención.

También existe otro terreno difícil sobre el cual considero necesario hablar con prudencia. Algunas personas utilizan amenazas de hacerse daño dentro de relaciones profundamente conflictivas, en ocasiones coincidiendo con dinámicas de control, dependencia emocional o chantaje. Quienes viven alrededor pueden quedar atrapados durante años en un estado de miedo, culpa e hipervigilancia, sintiendo que cualquier límite puede desencadenar una tragedia. Ese sufrimiento del entorno también existe y merece ser reconocido. Sin embargo, aprendí que intentar decidir por nuestra cuenta quién “realmente quiere suicidarse” y quién simplemente está manipulando puede convertirse en un error peligroso. Las dos realidades no siempre son excluyentes. Una persona puede utilizar una amenaza dentro de una dinámica interpersonal disfuncional y al mismo tiempo encontrarse en verdadero riesgo. La repetición de las amenazas, una personalidad conflictiva, el enojo cuando intervienen terceros o incluso antecedentes de situaciones similares no constituyen garantías de que una crisis futura no pueda terminar en una lesión grave o en la muerte. Por eso la respuesta responsable es clara: toda expresión relacionada con quitarse la vida debe ser tomada seriamente y trasladada al terreno profesional. Poner límites sanos no significa abandonar a alguien; significa precisamente negarnos a asumir un papel para el cual familiares, parejas o amigos no estamos preparados.

Tampoco debemos tener miedo de preguntar. Durante mucho tiempo circuló el mito de que preguntarle a alguien directamente si piensa en suicidarse podía “darle la idea”. La OMS señala exactamente lo contrario: hablar abiertamente sobre el tema y preguntar de manera directa no induce la conducta suicida y puede ayudar a que una persona se sienta escuchada y comprendida.

Existen señales que merecen especial atención: cambios profundos de comportamiento o estado de ánimo, aislamiento repentino, pérdida de interés por actividades que antes resultaban significativas, expresiones reiteradas de desesperanza, referencias a sentirse una carga, comentarios acerca de desaparecer o no encontrar razones para continuar viviendo, despedidas inusuales, entrega de pertenencias importantes o un cierre repentino de asuntos personales. Ninguna de estas conductas permite por sí misma establecer qué sucederá, pero todas justifican acercarse, escuchar y, cuando corresponda, buscar ayuda profesional.

Y escuchar no significa pronunciar grandes discursos. A veces significa simplemente sentarse junto a alguien y permitirle hablar sin apresurarnos a responder. Evitar frases como “tenés todo para ser feliz”, “hay gente que está peor”, “tenés que poner voluntad” o “no podés hacerle esto a tu familia”. Quien se encuentra sumergido en una desesperanza profunda no necesita una competencia acerca de quién sufre más ni una lección moral. Necesita recuperar, poco a poco, alguna conexión con los demás y con la posibilidad de que aquello que hoy parece definitivo pueda cambiar. Cuando existe riesgo inmediato, la cuestión deja de ser solamente emocional y requiere una respuesta concreta: no dejar sola a la persona, reducir su acceso a aquello con lo que pudiera dañarse y solicitar asistencia profesional o de emergencia. La prevención efectiva incluye detectar tempranamente las conductas suicidas, evaluarlas, tratarlas y realizar seguimiento; también implica fortalecer redes familiares y comunitarias capaces de acompañar sin sustituir el tratamiento especializado.

Con el paso del tiempo comprendí además que prevenir no consiste únicamente en intervenir cuando alguien llegó al borde. También significa construir vidas en las cuales existan vínculos, pertenencia, proyectos, propósito y espacios donde sea posible reconocer la fragilidad sin vergüenza. Viktor Frankl insistió durante gran parte de su obra en la importancia del sentido, he escrito extensamente sobre esto. No porque encontrar un propósito elimine mágicamente el sufrimiento, sino porque disponer de un “para qué” puede transformar nuestra manera de atravesar circunstancias que no elegimos.

Hoy miro hacia atrás y pienso en aquel hombre que fui en 2004. Puedo recordar su angustia y comprenderla, pero ya no soy aquel hombre. Entre aquella noche y este presente ocurrieron años de aprendizajes, errores, reconstrucciones, afectos, proyectos, pérdidas y nuevos comienzos. Viví acontecimientos que entonces ni siquiera podía imaginar. Conocí personas que todavía no habían aparecido en mi camino. Experimenté momentos por los cuales hoy agradezco estar vivo. Y quizás allí se encuentre una de las verdades más sencillas y poderosas que puedo compartir: cuando estamos atravesando la oscuridad creemos conocer el futuro, pero en realidad solamente estamos proyectando sobre él el dolor del presente. El dolor cambia. Las circunstancias cambian. Nosotros cambiamos. Una vida puede reconstruirse muchas veces.

Si alguien llega hasta estas palabras atravesando una situación límite, quisiera decirle algo desde un lugar profundamente personal: no tomes una decisión definitiva durante un momento que puede ser transitorio. Hablá. Pedí ayuda. Decile a alguien exactamente lo que estás pensando, aunque te cueste encontrar las palabras. Permití que otra persona sostenga durante un tiempo la esperanza que quizá hoy vos no puedas sentir. Y quienes estamos alrededor también tenemos una responsabilidad. Escuchar más. Juzgar menos. Preguntar. Estar atentos. Acompañar. Promover el acceso a la salud mental. Comprender que pedir ayuda profesional no es un signo de debilidad, de la misma manera que acudir a un médico cuando nuestro cuerpo enferma tampoco lo es.

Después de haber estado tan cerca de perder la vida, aprendí a valorarla de otra manera. No porque cada día sea perfecto ni porque haya dejado de conocer el dolor, sino precisamente porque comprendí que vivir también consiste en atravesarlo, transformarlo y descubrir que del otro lado pueden existir capítulos que todavía no conocemos.

Tal vez alguien que hoy siente que su historia terminó simplemente está atravesando una página especialmente oscura.

No cierres el libro.

Todavía quedan páginas por escribir.

**Información de ayuda en Argentina:** si vos o alguien cercano está atravesando una urgencia de salud mental, la Línea Nacional de Orientación y Apoyo en la Urgencia de Salud Mental **0800-999-0091** brinda atención gratuita y confidencial en todo el país, las 24 horas, los 365 días del año. Ante un peligro inmediato, buscá asistencia de emergencia y no dejes sola a la persona.

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