Esta semana participé de algunas reuniones de negocios y política en las que, inevitablemente, terminamos hablando de la economía argentina. Me ocurrió conversando con proveedores, empresarios y también durante algunos intercambios en el programa de radio. Entre números, precios, ventas, tasas, costos y expectativas apareció una comparación que me resultó particularmente interesante: varios coincidíamos en que algunas de las medidas que viene implementando el gobierno de Javier Milei guardan ciertas semejanzas con el proceso económico que Polonia inició a comienzos de la década de 1990. Otros, en cambio, planteaban que comparar ambos países era exagerado porque las diferencias históricas, políticas y productivas son demasiado grandes. Y, en alguna medida, ambas posiciones tienen parte de razón.
Argentina no es Polonia. No estamos saliendo del comunismo, no venimos de una economía completamente planificada ni estamos reconstruyendo desde cero instituciones de mercado. Tampoco tenemos detrás una futura incorporación a la Unión Europea que funcione como ancla institucional, comercial y geopolítica. Pero reconocer esas diferencias no significa que no podamos observar las experiencias exitosas de otros países y preguntarnos qué enseñanzas pueden dejarnos. Porque muchas veces la historia no se repite de manera exacta, pero ofrece patrones que vale la pena estudiar. Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿qué fue realmente el Plan Balcerowicz y por qué, más de tres décadas después, puede tener algo para enseñarle a la Argentina?
Para responderla tenemos que viajar hasta 1989. Polonia atravesaba una situación económica y política dramática. Durante décadas había formado parte del bloque comunista bajo influencia soviética, con una economía caracterizada por la planificación estatal, empresas públicas ineficientes, precios administrados, escasez de productos, enormes distorsiones, deuda externa y una inflación que se acercaba peligrosamente a niveles hiperinflacionarios. No era solamente una crisis económica: era el agotamiento de un sistema. Entre febrero y abril de 1989 se produjo la histórica Mesa Redonda polaca, una negociación entre representantes del régimen comunista, el movimiento sindical Solidaridad encabezado por Lech Wa??sa y representantes de las iglesias. Aquellas conversaciones abrieron el camino hacia las elecciones de junio y posteriormente hacia la formación del gobierno de Tadeusz Mazowiecki, el primero encabezado por un dirigente no comunista en el bloque soviético de Europa Oriental. Wojciech Jaruzelski, figura central del régimen anterior, continuaría durante un período como presidente dentro de aquella compleja transición institucional.
Pero abandonar políticamente el comunismo era apenas la mitad del problema. Había que construir una economía que funcionara. Allí apareció Leszek Balcerowicz, economista, viceprimer ministro y ministro de Finanzas del nuevo gobierno, quien diseñó un programa que entró en vigencia el 1 de enero de 1990. Pasaría a la historia como el Plan Balcerowicz y sería identificado internacionalmente como una de las experiencias más importantes de lo que luego se denominó “terapia de shock”.
La lógica era relativamente sencilla de explicar, aunque extraordinariamente difícil de ejecutar: si la economía estaba profundamente distorsionada, intentar corregir cada problema lentamente podía hacer fracasar todo el proceso. Había que modificar simultáneamente buena parte de las reglas.
Se redujeron drásticamente los subsidios, se endurecieron las políticas fiscal y monetaria, se liberó la enorme mayoría de los precios, se permitió una mayor competencia externa, se avanzó hacia la convertibilidad interna del esloti, se modificó el régimen cambiario y se obligó a las empresas estatales a enfrentar restricciones presupuestarias reales. El Estado dejaría progresivamente de garantizar que una empresa sobreviviera simplemente por pertenecer al Estado. Quien produjera mal tendría que adaptarse, mejorar o desaparecer.
Quienes conocemos la discusión económica argentina probablemente encontremos allí algunas expresiones familiares. Déficit fiscal, emisión monetaria, precios relativos atrasados, subsidios, desregulación, competencia, apertura económica, equilibrio de las cuentas públicas, empresas estatales y necesidad de recuperar una moneda creíble forman parte de nuestro debate cotidiano desde hace años. Allí aparece uno de los primeros paralelismos con la experiencia que Argentina comenzó a transitar desde diciembre de 2023.
Pero sería un error contar solamente la parte agradable de la historia polaca. El shock tuvo costos enormes. El PBI real cayó cerca de un 12% durante 1990 y aproximadamente otro 7% en 1991. Los salarios reales sufrieron, muchas empresas que habían sobrevivido artificialmente bajo el régimen anterior dejaron de ser viables y el desempleo, prácticamente inexistente oficialmente durante el comunismo, terminó superando el 16% hacia 1993. La inflación tampoco desapareció mágicamente. Aunque cayó de manera espectacular desde los niveles cercanos a la hiperinflación, fueron necesarios varios años para llevarla definitivamente a valores de un dígito. Esto también debería resultarnos familiar.
Las estabilizaciones económicas profundas rara vez son gratuitas. Cuando durante años una sociedad acumula déficit, distorsiones de precios, endeudamiento, emisión, regulaciones contradictorias, subsidios cruzados e incentivos equivocados, corregirlos genera necesariamente ganadores, perdedores y períodos de adaptación. El debate razonable no debería consistir en negar esos costos, sino en preguntarnos si el esfuerzo inicial está construyendo las condiciones para una economía mejor o simplemente provocando sufrimiento sin transformación posterior. Ahí está la verdadera cuestión.
La Argentina de Milei ha mostrado hasta aquí algunas coincidencias importantes con aquella primera etapa polaca: un ajuste fiscal de gran magnitud, eliminación o reducción de numerosos subsidios, corrección de precios relativos, desregulación, mayor apertura comercial, búsqueda de equilibrio presupuestario y una política orientada a reducir drásticamente la inflación. Desde finales de 2023 la inflación anual descendió desde niveles superiores al 200% hasta aproximadamente el 30% hacia mediados de 2026, mientras el Estado nacional consiguió dos años consecutivos de superávit fiscal primario, algo que Argentina no lograba desde hacía mucho tiempo.
También hubo costos. La primera etapa estuvo acompañada por caída de actividad, pérdida inicial del poder adquisitivo, dificultades en numerosas empresas y sectores, reducción del consumo y una sociedad obligada a reorganizar buena parte de su economía familiar. Después comenzó una recuperación que tampoco resultó homogénea: algunos sectores reaccionaron rápidamente mientras otros continúan atravesando dificultades. Energía, minería, agroindustria y determinadas inversiones muestran un horizonte particularmente favorable, mientras parte de la industria, las pequeñas empresas, el comercio y el empleo enfrentan una adaptación bastante más compleja.
Y aquí aparece una diferencia fundamental entre estabilizar y desarrollarse. Polonia no se convirtió en la economía que conocemos hoy solamente porque Balcerowicz redujo la inflación. Si la historia terminara allí, su experiencia sería mucho menos interesante. Después del shock vinieron tres décadas de construcción institucional, inversión, aumento de productividad, integración comercial, infraestructura, educación, apertura al capital, modernización industrial y una creciente incorporación a cadenas internacionales de producción. Los números permiten dimensionarlo. Según los datos actuales del Banco Mundial, en 1990 el PBI per cápita polaco medido por paridad de poder adquisitivo equivalía aproximadamente a la mitad del de Chequia. En 2025 se acercaba al 90%. Polonia pasó de ser una economía rezagada de Europa Oriental a convertirse en una importante potencia industrial y productiva del continente. Pero tampoco sería intelectualmente honesto adjudicar semejante transformación exclusivamente al Plan Balcerowicz. Polonia ingresó a la Unión Europea en 2004, obtuvo acceso a un gigantesco mercado común, recibió fondos estructurales europeos, atrajo inversiones internacionales y quedó integrada a cadenas industriales vinculadas especialmente con Alemania y Europa Occidental. Esa integración aceleró enormemente un proceso que había comenzado mucho antes.
Argentina no dispone de semejante plataforma institucional. Pero posee otras ventajas que Polonia nunca tuvo en la misma dimensión. Tenemos una extraordinaria dotación de recursos naturales, capacidad agroindustrial, enormes reservas energéticas, minería todavía relativamente poco desarrollada, litio, gas, petróleo, economía del conocimiento, servicios profesionales, capital humano y una geografía productiva capaz de abastecer alimentos y energía al mundo. Tenemos además un sector agropecuario que genera divisas de manera recurrente y una industria que, pese a décadas de inestabilidad, conserva conocimiento, infraestructura y capacidad empresarial. Nuestro problema histórico no parece haber sido la ausencia de recursos. Ha sido la incapacidad para mantener reglas durante suficiente tiempo.
Por eso creo que el verdadero paralelismo entre Polonia y Argentina no está exclusivamente en el shock económico. Está en lo que ocurrió después. En septiembre de 1993, apenas tres años después de comenzadas las reformas, una coalición de izquierda encabezada por sectores provenientes del antiguo espacio comunista ganó las elecciones polacas. Podría haberse interpretado como el final de la transformación. No lo fue. Hubo cambios de prioridades, velocidades diferentes, mayor énfasis en determinadas políticas sociales y discusiones sobre privatizaciones, pero no se regresó a la economía planificada. El consenso básico respecto de la estabilidad macroeconómica, la propiedad privada, la competencia y la economía de mercado sobrevivió a los gobiernos. Esa continuidad fue probablemente una de las mayores fortalezas del proceso. Aquí está, a mi entender, la verdadera pregunta que debería formularse la Argentina.
No se trata solamente de preguntarnos si Javier Milei puede ganar una elección, mantener un superávit fiscal o conseguir que la inflación continúe bajando. La cuestión mucho más importante es si Argentina puede construir un consenso suficientemente amplio para que determinadas reglas económicas básicas dejen de depender del presidente de turno. Equilibrio fiscal. Una moneda razonablemente estable. Seguridad jurídica. Respeto por los contratos. Propiedad privada. Competencia. Inserción internacional. Un Estado eficiente. Protección social dirigida hacia quienes realmente la necesitan. Educación. Infraestructura. Incentivos para producir, invertir y generar empleo.
Nada de eso debería pertenecer exclusivamente a la izquierda, a la derecha, al liberalismo, al peronismo o a cualquier otro espacio político. Deberían ser las bases sobre las que después cada sector discuta legítimamente qué país quiere construir. Incluso la discusión actual sobre el denominado “atraso cambiario” merece observarse desde esta perspectiva. Polonia también atravesó períodos de fuerte apreciación real de su moneda mientras avanzaba la estabilización y aumentaba su atractivo para los capitales internacionales. Esto no significa que toda apreciación sea automáticamente saludable ni que el tipo de cambio argentino no deba observarse cuidadosamente. Una moneda puede apreciarse por confianza, ingreso de capitales, mejoras de productividad o mejores términos de intercambio, pero también puede hacerlo por desequilibrios que posteriormente resulten difíciles de sostener. La experiencia polaca simplemente demuestra que apreciar la moneda no constituye, por sí solo, una prueba de fracaso económico. Lo determinante es qué ocurre paralelamente con la productividad, las exportaciones, la inversión y las reservas.
Y ese es probablemente uno de los mayores desafíos que enfrenta Argentina hacia los próximos años. La estabilización no puede convertirse en un objetivo final. Tiene que ser el punto de partida. Si solamente conseguimos reducir la inflación pero no aumentamos productividad, estaremos perdiendo una oportunidad. Si ordenamos las cuentas públicas pero no generamos inversión, infraestructura y empleo privado, habremos realizado apenas una parte del trabajo. Si abrimos la economía pero nuestras empresas no consiguen transformarse para competir, el proceso quedará incompleto. Y si descubrimos enormes recursos energéticos y mineros pero volvemos a limitarnos a exportar materias primas sin desarrollar cadenas de valor, repetiremos buena parte de nuestra historia.
La Argentina tiene que pasar de la estabilización al desarrollo. Necesitamos agregar valor al campo, industrializar parte de nuestros recursos energéticos y minerales, potenciar la economía del conocimiento, construir infraestructura logística, mejorar rutas, ferrocarriles y puertos, simplificar el sistema tributario, facilitar la creación de empresas y, sobre todo, recuperar algo que hemos perdido durante demasiado tiempo: previsibilidad. Ninguna industria verdaderamente importante se construye pensando en el próximo semestre. Una fábrica, una mina, un gasoducto, un parque industrial, un desarrollo tecnológico o una inversión energética se proyectan a diez, veinte o treinta años. Y nadie compromete capital durante décadas si sospecha que cada cuatro años el país puede volver a empezar desde cero. Por eso tal vez Argentina necesite algo incluso más difícil que un programa económico: necesita acuerdos. No necesariamente un gran pacto fotográfico entre dirigentes ni una declaración cargada de frases solemnes. Necesitamos consensos concretos alrededor de determinadas reglas que ningún gobierno futuro pueda destruir fácilmente. Una especie de contrato institucional sobre las bases económicas del país.
Polonia pudo hacerlo aun cuando cambiaron sus gobiernos y alternaron fuerzas políticas muy diferentes. La transformación dejó de pertenecer a Balcerowicz para convertirse, gradualmente, en una dirección nacional. Ese debería ser nuestro desafío.
¿Puede el experimento argentino recorrer un camino parecido? Nadie puede saberlo todavía. Existen diferencias estructurales enormes y sería irresponsable prometer que repetir determinadas recetas producirá necesariamente los mismos resultados. La economía no funciona como una fórmula matemática y la historia jamás se copia de manera perfecta. Pero Polonia deja una enseñanza difícil de ignorar: los países pueden cambiar profundamente cuando consiguen estabilizarse, modificar incentivos, mantener reglas y sostener durante décadas una dirección estratégica.
Quizás nuestro futuro tampoco dependa exclusivamente de Milei. Tal vez dependa de algo bastante más profundo: de que los argentinos comprendamos que ciertas conquistas económicas deberían sobrevivir a cualquier presidente. Que podamos discutir políticas sin volver a destruir las bases. Que aprendamos a corregir sin empezar nuevamente desde cero. Que entendamos que producir, invertir, ahorrar, trabajar y emprender necesitan algo mucho más importante que discursos: necesitan confianza.
Si el ordenamiento actual logra convertirse en crecimiento, si ese crecimiento alcanza progresivamente a la sociedad, si conseguimos transformar nuestros recursos naturales en desarrollo productivo y, fundamentalmente, si las reglas básicas logran sobrevivir al calendario electoral, entonces quizás dentro de veinte o treinta años alguien mire hacia atrás y descubra que Argentina también tuvo su propio punto de inflexión.
Polonia demuestra que es posible. Ahora nos toca decidir si somos capaces de construir el nuestro. Y para muchos «Peronistas» que hoy patalean, recuerden las palabras de nuestro líder… «No se puede hacer tortilla sin romper algunos huevos»