Hace unos días, el intendente de San Andrés de Giles, Miguel Gesualdi, compartió en sus redes sociales una serie de datos sobre el desempeño económico del distrito que despertaron especialmente mi atención. Me interesaron como emprendedor, como alguien apasionado por la política y, fundamentalmente, como vecino comprometido con el desarrollo social y productivo de nuestra comunidad. Detrás de cada porcentaje existen empresas que invierten, productores que arriesgan, comerciantes que abren sus puertas, trabajadores que sostienen la actividad y familias que construyen aquí su proyecto de vida. Por eso, cuando una estadística ofrece una señal positiva, vale la pena detenerse, analizarla y preguntarse qué representa realmente.
Según los datos difundidos, San Andrés de Giles registró durante 2025 un crecimiento real del 5,56%, una cifra que adquiere mayor relevancia al compararla con el desempeño general del país y de la provincia de Buenos Aires. La economía argentina creció un 4,4% durante ese año, de acuerdo con los datos del INDEC, mientras que la actividad bonaerense mostró una evolución más moderada del orden del 2,6%. En ese contexto, nuestro distrito logró ubicarse entre los municipios considerados “líderes”, es decir, aquellos que evidenciaron un comportamiento superior al promedio tanto en el corto plazo como en la trayectoria de la última década.
El dato nacional del 4,4% representa una recuperación importante luego de la contracción registrada en 2024, pero también esconde profundas diferencias entre sectores y regiones. La expansión fue impulsada principalmente por la actividad agropecuaria, la minería, los servicios financieros y otras áreas vinculadas con la exportación, mientras que determinadas ramas industriales, la construcción asociada a la obra pública y algunos sectores dependientes del consumo interno mostraron una recuperación más lenta. No toda la economía creció de la misma manera ni todos los argentinos percibieron esa mejora con igual intensidad. Los datos oficiales confirmaron que agricultura, minería y servicios financieros estuvieron entre los principales motores del crecimiento nacional durante 2025.
Esa heterogeneidad se vuelve todavía más visible cuando el análisis desciende desde la escala nacional hacia las provincias y, finalmente, hacia cada municipio. La Argentina nunca fue una sola economía funcionando a la misma velocidad. Es un conjunto de realidades productivas diferentes, condicionadas por su ubicación, su infraestructura, su matriz económica, la capacidad empresarial de sus habitantes y las decisiones políticas que facilitan o dificultan el desarrollo. Mientras algunas regiones encuentran impulso en el agro, la energía, la minería, la logística o el turismo, otras sufren con mayor intensidad la caída del consumo, el debilitamiento industrial o la reducción de la inversión pública.
La provincia de Buenos Aires constituye quizá el ejemplo más claro de esa diversidad. En su territorio conviven grandes centros industriales, ciudades portuarias, polos logísticos, municipios rurales, destinos turísticos y extensas zonas agropecuarias. Por eso, cualquier promedio provincial debe interpretarse con cautela. El peso económico y demográfico del conurbano es tan importante que una contracción en sus cadenas manufactureras puede moderar o incluso neutralizar el crecimiento que se produce en numerosos distritos del interior.
Un estudio del Laboratorio de Desarrollo Sectorial y Territorial de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata analizó 63 cadenas productivas —representativas de aproximadamente el 88% del producto bonaerense— en los 135 municipios de la provincia durante el período comprendido entre 2016 y 2025. Su conclusión central es reveladora: la actividad económica provincial terminó la década prácticamente en el mismo nivel en que había comenzado, pero dentro de esa aparente estabilidad se produjo una profunda recomposición geográfica y sectorial. Algunos municipios crecieron de forma sostenida, mientras otros perdieron terreno debido al deterioro de actividades tradicionales. El informe identifica como motores a la logística, el comercio, el turismo y diversas producciones agropecuarias, mientras señala retrocesos en la lechería, la soja y algunas ramas manufactureras.
Las razones de una dinámica diferente
En ese mapa productivo aparece San Andrés de Giles con una evolución destacada. El crecimiento real del 5,56% durante 2025 prácticamente duplicó la referencia provincial difundida y superó el promedio nacional. No se trata de una casualidad ni del resultado de una sola actividad, sino de la combinación de distintos factores que forman parte de la identidad económica del partido.
El primero es, sin dudas, la fortaleza de nuestra matriz agropecuaria. San Andrés de Giles mantiene una relación histórica con el campo, pero esa relación ya no puede pensarse únicamente desde la producción primaria. Alrededor de la agricultura y la ganadería funciona una red integrada por contratistas rurales, transportistas, profesionales, proveedores de insumos, talleres, fabricantes de maquinaria, empresas metalmecánicas, comercios y prestadores de servicios. Cada movimiento de una cadena productiva genera efectos sobre las demás. Cuando un productor obtiene mejores resultados, aumenta la posibilidad de invertir, renovar maquinaria, contratar servicios, realizar reparaciones o ampliar su capacidad. Ese dinero vuelve a circular en la comunidad y multiplica su impacto.
El informe de la UNLP destaca particularmente la importancia que adquirió la producción porcina en algunos municipios pequeños del interior bonaerense, entre ellos San Andrés de Giles. Junto con la ganadería bovina y otras actividades agroindustriales, esta cadena contribuyó a explicar por qué determinados distritos lograron crecer por encima de las grandes ciudades. El interior dejó de ser solamente el proveedor de materias primas que muchas veces se imagina desde los centros urbanos. Hoy es también un espacio de innovación, transformación, servicios especializados y generación de valor agregado.
El segundo factor es la existencia de un entramado de pequeñas y medianas empresas con una enorme capacidad de adaptación. Las pymes locales conocen como pocas organizaciones el significado de atravesar crisis, cambios de reglas, dificultades financieras y fluctuaciones en la demanda. Muchas de ellas no cuentan con las reservas ni con el acceso al crédito de las grandes compañías, pero poseen una ventaja decisiva: reaccionan rápidamente, conocen a sus clientes y mantienen una relación directa con la comunidad. Esa agilidad les permite encontrar oportunidades incluso en escenarios adversos.
Como empresario metalúrgico conozco de cerca esa realidad. Detrás de cada máquina terminada, de cada pieza fabricada y de cada nuevo desarrollo existe una cadena humana compuesta por proveedores, técnicos, operarios, transportistas y clientes. La producción nunca es un acto aislado. Cuando una empresa local crece, genera movimiento a su alrededor; y cuando muchas empresas pequeñas avanzan al mismo tiempo, el resultado comienza a reflejarse en las estadísticas generales del distrito.
A esta estructura se suma la actividad comercial. San Andrés de Giles conserva una red de comercios de proximidad, emprendimientos familiares y servicios profesionales que mantienen buena parte de la riqueza circulando dentro de la comunidad. En los municipios intermedios, el vínculo entre producción y comercio suele ser más directo que en las grandes ciudades. Los ingresos generados por el agro, la industria o los servicios se trasladan con mayor rapidez hacia el consumo local, el mantenimiento de viviendas, la gastronomía, la construcción privada y otras actividades que crean empleo.
También existe una ventaja relacionada con la escala. Nuestro distrito tiene los problemas propios de cualquier comunidad en crecimiento, pero no carga con todos los desequilibrios de los grandes conglomerados urbanos. La cercanía entre los actores económicos, las instituciones y el gobierno local puede facilitar la identificación de necesidades y la coordinación de respuestas. Esa cercanía no garantiza por sí sola una buena gestión, pero representa una oportunidad que debe ser aprovechada con diálogo, planificación y objetivos compartidos.
Crecer no es lo mismo que desarrollarse
Un crecimiento real del 5,56% no es solamente un dato alentador. Significa que aumentó el volumen de actividad económica después de descontar el efecto de la inflación. Sin embargo, sería un error convertir ese número en una celebración automática o utilizarlo como una consigna política desprovista de análisis. Las estadísticas describen una parte de la realidad, pero no necesariamente reflejan de manera inmediata la situación de cada familia.
Una economía puede crecer sin que sus beneficios lleguen de forma equilibrada a todos los sectores. Puede aumentar la producción mientras determinados trabajadores continúan atravesando dificultades; puede expandirse la actividad empresarial y, al mismo tiempo, persistir problemas de infraestructura, vivienda, educación, salud o acceso a servicios básicos. Por eso, el crecimiento debe ser entendido como una oportunidad y no como una meta definitiva.
El verdadero desafío consiste en transformar esa expansión económica en desarrollo sostenible. Crecer significa producir más; desarrollarse significa mejorar la calidad de vida, ampliar oportunidades y construir condiciones para que ese crecimiento pueda mantenerse en el tiempo. La diferencia entre ambos conceptos es fundamental. Un buen resultado anual puede depender de una cosecha favorable, de determinados precios o de una recuperación coyuntural. El desarrollo, en cambio, exige planificación, continuidad y acuerdos capaces de superar los calendarios electorales.
San Andrés de Giles necesita aprovechar esta etapa para fortalecer su infraestructura productiva. Los caminos rurales no son solamente una preocupación del campo: son las arterias por las que circulan la producción, el trabajo, la educación y los servicios. Su mantenimiento incide sobre los costos, la competitividad y la vida cotidiana de numerosas familias. Del mismo modo, la disponibilidad de energía, conectividad, suelo industrial, accesos seguros y servicios eficientes determina la posibilidad de que nuevas empresas se instalen y de que las existentes puedan crecer.
La educación técnica ocupa un lugar igualmente decisivo. Ningún proceso de expansión productiva puede sostenerse sin trabajadores capacitados. La articulación entre escuelas, centros de formación, empresas y sector público permitiría preparar a los jóvenes para los oficios y las tecnologías que demanda la economía actual. Formar soldadores, electricistas, programadores, mecánicos, técnicos agropecuarios y especialistas en automatización no solo mejora la empleabilidad: también evita que las empresas deban buscar talento fuera del distrito y ofrece a las nuevas generaciones la posibilidad de construir su futuro sin verse obligadas a abandonar su comunidad.
Otro reto es acompañar el crecimiento con una planificación urbana responsable. Cuando una ciudad genera oportunidades, atrae inversiones y nuevos habitantes. Esa expansión debe ser prevista para evitar que el desarrollo espontáneo termine produciendo problemas de tránsito, servicios insuficientes, falta de viviendas o pérdida de calidad ambiental. Pensar el Giles de los próximos veinte años requiere una mirada mucho más amplia que resolver las urgencias de cada día.
El Estado municipal tiene una responsabilidad central, pero no exclusiva. El desarrollo de una comunidad no depende solamente del intendente o de los funcionarios de turno. Requiere empresarios dispuestos a reinvertir, productores comprometidos con prácticas sostenibles, comerciantes capaces de innovar, instituciones abiertas al diálogo, trabajadores capacitados y ciudadanos que comprendan que el progreso colectivo también exige responsabilidad individual.
Las cifras conocidas deben servirnos para valorar lo que estamos haciendo bien, pero también para elevar nuestras aspiraciones. Formar parte del grupo de municipios líderes es una buena noticia; permanecer allí será mucho más difícil. El crecimiento nunca está asegurado y puede perderse si faltan inversión, previsibilidad, infraestructura o capital humano. El mayor peligro sería creer que el trabajo ya está terminado.
San Andrés de Giles posee una ubicación estratégica, una cultura vinculada al esfuerzo, una importante tradición productiva y un entramado social que todavía conserva la cercanía propia de las comunidades del interior. Esas fortalezas explican una parte de los resultados, pero también nos colocan frente a una responsabilidad. Debemos decidir qué hacemos con esta oportunidad.
No se trata de apropiarse políticamente de un porcentaje ni de ignorar las dificultades que aún existen. Se trata de reconocer que, en medio de una Argentina profundamente desigual y de una provincia que avanza a distintas velocidades, nuestro distrito demostró capacidad para crecer. Ese logro pertenece a toda la comunidad: a quienes producen, emprenden, trabajan, enseñan, comercian, invierten y sostienen diariamente el movimiento económico local.
El 5,56% debe ser un punto de partida. Una invitación a reunir al sector público y al privado, a definir prioridades, a mejorar la infraestructura, a acompañar a las pymes, a fortalecer la educación técnica y a crear oportunidades para quienes todavía no perciben los beneficios de la recuperación. Porque los números adquieren verdadero sentido cuando dejan de vivir en una planilla y se transforman en empleo, formación, inversión, servicios y esperanza.
San Andrés de Giles demostró que puede crecer por encima del promedio. Ahora comienza el desafío más importante: convertir ese crecimiento en un proyecto de desarrollo compartido, capaz de perdurar más allá de una buena estadística y de alcanzar a cada localidad, cada barrio y cada familia del distrito. Para lograrlo, será necesario abandonar las divisiones estériles, construir consensos y comprender que el futuro de nuestra comunidad no depende de un solo sector, sino del compromiso de todos.