El legado de los 105 años: Shigeaki Hinohara y aquello que envejece antes que el cuerpo

Esta semana volví sobre algunos temas que, por distintas razones, había ido dejando en segundo plano. Retomé las caminatas, el gimnasio y una alimentación más ordenada. Pero también algo que para mí resulta igual de importante: la dieta mental. Porque podemos cuidar lo que ponemos en el plato y, sin embargo, descuidar durante años aquello con lo que alimentamos la cabeza. En ese recorrido, mientras investigaba sobre hábitos saludables y longevidad, me encontré nuevamente con la figura del doctor Shigeaki Hinohara. Y lo que comenzó como una búsqueda sobre salud terminó llevándome hacia una pregunta bastante más profunda: ¿qué es, en realidad, envejecer bien?

Vivimos en una época fascinada por las fórmulas. Dietas restrictivas, suplementos antienvejecimiento, relojes que miden cada pulsación, rutinas de alta intensidad, análisis de laboratorio cada vez más sofisticados y una industria completa dedicada a prometernos algunos años más de juventud. Todo eso puede tener su lugar. La alimentación, el movimiento, el descanso y la prevención médica importan, y mucho. Pero existe el riesgo de convertir la salud en una simple ecuación biológica y olvidar que una persona no es solamente colesterol, masa muscular, glucosa y presión arterial. También somos proyectos, vínculos, curiosidad, entusiasmo, responsabilidad, alegría, frustraciones y motivos para levantarnos cada mañana.

Tal vez por eso me interesó tanto Hinohara. No porque haya descubierto una fórmula secreta para vivir 105 años, ni porque su longevidad pueda reducirse a una receta que podamos copiar. La genética existe, las circunstancias personales cuentan y ningún estilo de vida garantiza una determinada cantidad de años. Lo verdaderamente valioso de su historia es otra cosa: vivió una vida extraordinariamente larga sin convertir la vejez en una sala de espera. Permaneció comprometido con su profesión, con el aprendizaje, con la enseñanza y con la sociedad casi hasta el final. Su mensaje no consistía simplemente en agregar años a la vida, sino en intentar que esos años continuaran teniendo contenido.

Shigeaki Hinohara nació en 1911 en Yamaguchi, Japón. Se graduó como médico y comenzó a trabajar en 1941 en el Hospital Internacional St. Luke’s de Tokio, institución a la que permanecería ligado durante décadas y en la que tendría un papel central en el desarrollo de la medicina preventiva. Vivió la Segunda Guerra Mundial y atendió víctimas de los bombardeos sobre Tokio. En 1970 fue uno de los pasajeros tomados como rehenes durante el secuestro del vuelo Yodogo y permaneció retenido durante varios días, una experiencia que, según relató después, modificó su manera de comprender el tiempo que le quedaba por vivir. Décadas más tarde, su hospital recibiría a centenares de víctimas del ataque con gas sarín en el metro de Tokio de 1995. Su vida atravesó guerras, violencia, enfermedad y transformaciones sociales inmensas, pero quizás su característica más llamativa haya sido su negativa permanente a considerarse terminado.

A una edad en la que la mayoría de las personas ya habría abandonado cualquier actividad profesional, él seguía atendiendo, enseñando, ofreciendo conferencias y escribiendo. Publicó alrededor de 150 libros después de cumplir 75 años. Su obra Ikikata Jozu, conocida en inglés como Living Long, Living Good, apareció cuando tenía alrededor de 90 años y se convirtió en un enorme éxito editorial. También impulsó el New Elderly Movement, una iniciativa destinada a promover una vejez activa, autónoma y comprometida con la sociedad. Para Hinohara, acumular cumpleaños no debía significar retirarse del mundo.

Aquí aparece lo que considero la idea más poderosa de su legado. No como una afirmación médica literal ni como una sentencia científica formulada por él, sino como una síntesis de su manera de vivir: hay algo que puede comenzar a envejecernos mucho antes que nuestro cuerpo, y es la renuncia interior. Podemos llamarlo pérdida de propósito, aislamiento, apatía o estancamiento. Es ese momento en que una persona empieza a creer que ya no tiene nada nuevo que aprender, nada que aportar, ningún proyecto que imaginar y ningún lugar hacia el cual avanzar. El cuerpo seguirá cumpliendo años, por supuesto, pero la vida puede comenzar a encogerse mucho antes.

La ciencia contemporánea, con todas las precauciones que exige distinguir asociación de causalidad, ha encontrado resultados que dialogan de manera sorprendente con aquella intuición. Estudios recientes relacionan un mayor sentido de propósito con un menor riesgo de mortalidad prematura, mientras que grandes revisiones encuentran que el aislamiento social y la soledad se asocian con peores resultados de salud y mayor mortalidad. Del mismo modo, mantener actividades cognitivamente estimulantes durante la vejez aparece asociado con un menor riesgo de deterioro cognitivo y demencia. No significa que tener proyectos vuelva inmune a nadie ni que leer libros pueda detener por sí solo una enfermedad. Significa algo más razonable y, quizás, más importante: nuestra manera de vivir también forma parte de nuestra salud.

El primer gran eje es el propósito. En Japón suele utilizarse la palabra ikigai para referirse, de manera amplia, a aquello que da sentido o razón para vivir. No hace falta transformar ese concepto en una filosofía exótica ni imaginar que todos debemos encontrar una misión grandiosa. El propósito puede ser cuidar un jardín, acompañar a los nietos, sostener una empresa, aprender una habilidad, ayudar a alguien, escribir, enseñar, crear, participar de una institución o simplemente mejorar un poco cada día. Lo decisivo es sentir que mañana todavía contiene algo que nos convoca.

Esa idea me parece especialmente importante cuando pensamos en la jubilación. Hinohara cuestionaba la idea de que una edad determinada debiera marcar automáticamente el retiro de toda actividad significativa. Eso no implica trabajar obligatoriamente hasta el último día ni desconocer el derecho al descanso después de una vida laboral. El punto es otro: jubilarse de un empleo no debería equivaler a jubilarse de la vida. Una persona puede dejar una profesión y comenzar una etapa extraordinariamente fértil si conserva proyectos, vínculos, responsabilidades elegidas y curiosidad. El problema no es detener una actividad; es quedarse sin ninguna razón para iniciar otra.

El segundo eje es la conexión con los demás. A veces confundimos independencia con aislamiento. Creemos que no necesitar a nadie es una señal de fortaleza, cuando en realidad buena parte de nuestra experiencia humana se construye alrededor de los vínculos. Conversar, enseñar, escuchar, compartir una comida, participar de una comunidad, colaborar o simplemente sentir que nuestra presencia importa para alguien son formas de permanecer unidos al mundo. Hoy sabemos que el aislamiento social sostenido no es únicamente una experiencia emocional desagradable: se encuentra asociado con un mayor riesgo de enfermedad y mortalidad. Cuidar los vínculos, entonces, también es una forma de cuidar el cuerpo.

El tercer eje es la curiosidad. Hay una forma de envejecimiento que no aparece en una radiografía: ocurre cuando comenzamos a repetirnos que ya sabemos suficiente. “Eso no es para mi edad”, “yo ya no voy a aprender”, “esas cosas son para los jóvenes”. Son frases aparentemente inocentes, pero pueden convertirse en pequeñas renuncias. Hinohara permaneció activo intelectualmente durante toda su vida. Escribía, enseñaba, escuchaba música, daba conferencias y planificaba proyectos futuros. Esa disposición permanente a aprender coincide con lo que hoy conocemos sobre reserva cognitiva y estimulación mental: las actividades intelectualmente exigentes se asocian con un mejor mantenimiento de las capacidades cognitivas durante el envejecimiento.

Por eso prefiero hablar de estancamiento antes que de vejez. Cumplir años es inevitable; estancarse no lo es. Se puede tener treinta años y haber perdido toda curiosidad, o superar los ochenta y continuar preguntándose cómo funciona el mundo. Envejecer no debería significar dejar de sorprendernos. Mientras exista algo que queramos comprender, mejorar, construir o transmitir, una parte esencial de nosotros sigue orientada hacia adelante.

Hinohara también era partidario de hábitos sorprendentemente sencillos. Evitaba convertir la vida saludable en una colección obsesiva de reglas. Se mantenía delgado, comía con moderación, caminaba, usaba las escaleras y cargaba sus propias pertenencias para conservar la musculatura activa. Solía llevar una agenda llena de compromisos y proyectos con años de anticipación. Recomendaba compartir el conocimiento con generaciones más jóvenes y defendía el valor de la música, el arte y la diversión incluso frente al dolor. Su propuesta no era una disciplina militar del bienestar. Era, más bien, una vida en movimiento.

Hay algo profundamente humano en esa mirada. A veces buscamos longevidad como quien intenta escapar de la muerte, cuando quizás deberíamos buscar vitalidad para no escapar de la vida. No sabemos cuántos años tendremos. Hinohara llegó a 105; otros, haciendo todo correctamente, vivirán mucho menos. Sería injusto y científicamente absurdo convertir la longevidad en un premio al mérito. La enfermedad existe, la genética existe, los accidentes existen y la vida conserva siempre una dimensión que no controlamos. Pero dentro de aquello que sí depende de nosotros existe un territorio enorme: podemos movernos, aprender, vincularnos, proyectar, cuidar nuestra alimentación, atender nuestra salud y seguir encontrando razones para participar del mundo.

Y aquí vuelvo al punto de partida de esta semana. Retomar una caminata no es solamente quemar calorías. Volver al gimnasio no es únicamente preservar músculo. Ordenar la alimentación no debería ser un castigo ni una obsesión con la balanza. Cuidar la dieta mental tampoco significa vivir en una burbuja donde nada malo existe. Para mí, todo forma parte de una misma decisión: no abandonarnos. Seguir ocupándonos de nuestro cuerpo, pero también de aquello que le da dirección.

Quizás el gran legado de Hinohara no consista en enseñarnos cómo vivir 105 años. Tal vez consista en algo más accesible y, al mismo tiempo, más exigente: enseñarnos a no declarar terminada nuestra vida antes de tiempo. A no renunciar a la curiosidad porque cumplimos años. A no abandonar nuestros vínculos porque nos acostumbramos a la soledad. A no confundir descanso con apatía ni experiencia con la idea de que ya no tenemos nada que aprender. A comprender que la salud es también la capacidad de seguir mirando hacia adelante.

No podemos elegir la duración exacta de nuestra vida, pero sí podemos influir en la manera de habitarla. Podemos cuidar el cuerpo sin obsesionarnos con él, cultivar la mente sin volverla rígida, proteger nuestros vínculos y construir proyectos que hagan que mañana conserve algún significado. Esa es, quizás, una de las formas más sensatas de longevidad: no contar solamente cuántos años vivimos, sino cuánta vida logramos conservar dentro de esos años.

Por eso la pregunta final no debería ser “¿qué tengo que hacer para llegar a los 105?”, sino una mucho más cercana y útil: ¿qué motivo tengo para levantarme mañana con ganas de seguir participando de mi propia vida?

Y si hoy no encontramos una respuesta clara, todavía estamos a tiempo de construirla. Puede comenzar con algo pequeño: una caminata, un libro, una conversación pendiente, un proyecto postergado, una llamada, una clase, una idea nueva. El propósito no siempre aparece como una revelación. Muchas veces se construye caminando. Lo importante es no dejar de caminar.

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