Una reflexión sobre Erich Fromm, el estoicismo, Carl Jung y Viktor Frankl: cuatro perspectivas que nos invitan a descubrir cuánto vale lo que somos frente a todo aquello que deseamos poseer.
Con la publicación de mi artículo anterior, dedicado a Wallace Wattles y su obra La ciencia de hacerse rico, surgió un interesante intercambio de opiniones con amigos, lectores del blog y seguidores de mis redes sociales. Aquellas conversaciones despertaron una inquietud que no pude quitarme de la cabeza durante toda la semana. Porque, si bien Wattles hace referencia explícita a la posibilidad de hacerse rico, su pensamiento no se limita exclusivamente a la acumulación de posesiones materiales, aunque el título de su libro pueda sugerirlo. Su obra propone, fundamentalmente, una filosofía de vida orientada al pensamiento, la acción y el desarrollo de nuestras capacidades. Sin embargo, al reflexionar sobre los comentarios recibidos y confrontarlos con mis propias convicciones, apareció una pregunta que terminó convirtiéndose en el punto de partida de este artículo: ¿De qué sirve conquistar todo aquello que deseamos tener si, en el camino, terminamos perdiendo aquello que verdaderamente somos?
La pregunta me llevó, casi inevitablemente, hacia algunas de las corrientes filosóficas y psicológicas de las cuales me nutro habitualmente: el estoicismo, la psicología analítica de Carl Gustav Jung y la logoterapia de Viktor Frankl. Todas ellas, desde perspectivas diferentes, ofrecen herramientas para comprender nuestra relación con la identidad, la libertad interior y el sentido de la existencia. Pero fue entonces cuando me encontré con un autor que había convertido precisamente esta inquietud en el eje central de una de sus obras más representativas: Erich Fromm, quien planteó que la sociedad moderna enfrenta una profunda disyuntiva existencial entre dos maneras fundamentales de experimentar el mundo: la orientación del tener y la orientación del ser. Su libro ¿Tener o ser?, publicado en 1976, constituye una extraordinaria invitación a examinar no solamente aquello que poseemos, sino también la manera en que construimos nuestra identidad y otorgamos significado a nuestra vida.
Erich Seligmann Fromm (1900-1980) fue un destacado psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista alemán. Vinculado durante sus primeros años de investigación con el Instituto de Investigación Social de Fráncfort, participó del ambiente intelectual que dio origen a la denominada Escuela de Fráncfort, aunque se distanció institucionalmente de ella en 1939. Su pensamiento combinó elementos del psicoanálisis, la filosofía humanista y la crítica social, convirtiéndolo en uno de los principales renovadores de la reflexión psicológica del siglo XX. A lo largo de su extensa producción intelectual abordó la libertad, el amor, la alienación, las necesidades humanas y las contradicciones de las sociedades industriales. Hoy quiero detenerme especialmente en su obra de 1976, pero no para realizar un resumen de sus capítulos, sino para desarrollar una interpretación personal de sus ideas y establecer un diálogo con otras corrientes que, a mi entender, nos ayudan a comprender mejor uno de los grandes conflictos de nuestra existencia.
Cuando aquello que tenemos comienza a definir quiénes somos
La tesis fundamental de Fromm parte de una distinción que, a primera vista, puede parecer sencilla, pero cuyas consecuencias psicológicas y sociales resultan extraordinariamente profundas. El ser humano puede orientar su existencia hacia el tener, entendiendo la vida como un proceso de adquisición, acumulación, conservación y control, o puede orientarla hacia el ser, privilegiando la experiencia, el conocimiento, el amor, la creatividad y el desarrollo de sus capacidades interiores. No estamos hablando simplemente de personas ricas frente a personas pobres, ni de quienes poseen bienes materiales frente a quienes carecen de ellos. Fromm propone algo mucho más complejo: dos formas de relacionarnos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo que nos rodea.
En la orientación del tener, la identidad personal termina vinculándose estrechamente con las posesiones, el reconocimiento social, los títulos, el poder o incluso con nuestras propias ideas. La persona comienza a definirse por aquello que considera suyo y, como consecuencia, experimenta una necesidad permanente de conservarlo, incrementarlo y protegerlo. El problema aparece cuando esa seguridad depende exclusivamente de factores externos que, por su propia naturaleza, son cambiantes y vulnerables. Una crisis económica puede afectar nuestro patrimonio, una transformación profesional puede modificar nuestra posición social y el paso del tiempo puede arrebatarnos atributos que alguna vez consideramos esenciales. Si nuestra identidad está construida únicamente sobre esas circunstancias, cualquier pérdida amenaza con convertirse en una crisis personal.
Fromm advierte que esta orientación no se limita al dinero. Podemos intentar poseer conocimientos sin comprenderlos verdaderamente, acumular experiencias sin disfrutarlas o convertir nuestras relaciones afectivas en vínculos de dependencia y control. Incluso el amor puede degradarse cuando dejamos de entenderlo como una capacidad activa de cuidar, conocer y respetar al otro para transformarlo en una pretensión de pertenencia. En cambio, la orientación del ser supone participar conscientemente de la vida, desarrollar nuestras facultades y relacionarnos con los demás desde la autenticidad. No se trata de negar el valor de las cosas, sino de impedir que las cosas terminen sustituyendo el valor de las personas.
Esta reflexión adquiere especial relevancia en una sociedad que frecuentemente identifica el éxito con la capacidad de consumo. Desde pequeños recibimos mensajes que relacionan la felicidad con determinados objetos, estilos de vida o posiciones económicas. La publicidad promete bienestar mediante adquisiciones, las redes sociales exhiben versiones cuidadosamente seleccionadas de la prosperidad y la comparación permanente alimenta la sensación de que siempre nos falta algo para sentirnos realizados. Así, aquello que inicialmente debía facilitar nuestra existencia puede transformarse en una fuente interminable de insatisfacción. Porque cuando el objetivo consiste exclusivamente en tener más, difícilmente exista una cantidad suficiente que permita alcanzar la plenitud.
Sin embargo, considero indispensable introducir una distinción: la prosperidad económica no constituye, por sí misma, un obstáculo para el desarrollo espiritual o personal. El trabajo, la producción, el ahorro y la construcción de un patrimonio pueden representar expresiones legítimas de responsabilidad, creatividad y progreso. Disponer de recursos también permite brindar oportunidades, ayudar a otros y desarrollar proyectos que enriquecen nuestras vidas. La cuestión verdaderamente importante no es cuánto poseemos, sino qué relación establecemos con aquello que poseemos. Podemos construir riqueza sin convertirnos en sus esclavos, del mismo modo que podemos vivir modestamente y permanecer profundamente dominados por la obsesión de adquirir. La libertad no depende exclusivamente de la cantidad de bienes disponibles, sino de nuestra capacidad para evitar que esos bienes se conviertan en los dueños de nuestra identidad.
El encuentro con el estoicismo: poseer sin depender
Al profundizar en esta distinción, encuentro una conexión muy clara con las enseñanzas de las escuelas estoicas, desarrolladas desde la antigua Grecia y posteriormente enriquecidas en Roma. Pensadores como Zenón de Citio, Séneca, Epicteto y Marco Aurelio sostuvieron, con diferentes matices, que una vida buena no debía depender fundamentalmente de las circunstancias externas, sino de la virtud, la razón y nuestra capacidad para actuar correctamente. El estoicismo no proponía necesariamente renunciar a los bienes materiales, sino comprender que estos no constituyen el fundamento último de nuestra felicidad.
Epicteto, particularmente, estableció una diferencia decisiva entre aquello que depende de nosotros y aquello que permanece fuera de nuestro control. Nuestros juicios, elecciones y actitudes pertenecen al ámbito sobre el cual podemos ejercer responsabilidad directa, mientras que las riquezas, la reputación y los acontecimientos externos están sometidos a circunstancias que nunca dominaremos completamente. Desde esta perspectiva, depositar nuestra tranquilidad exclusivamente en el patrimonio o el reconocimiento equivale a entregar nuestra libertad interior a factores que pueden modificarse en cualquier momento. Marco Aurelio, por su parte, insistió en la necesidad de cultivar el carácter y actuar conforme a la naturaleza racional y social del ser humano, recordándonos que la dignidad personal no surge de los privilegios, sino de la conducta.
Aquí encuentro una coincidencia esencial con Fromm: ambos enfoques cuestionan la dependencia psicológica respecto de aquello que poseemos. Sin embargo, existe una diferencia importante. Mientras los estoicos concentran buena parte de su atención en la disciplina del juicio, la virtud y la responsabilidad individual, Fromm amplía el análisis hacia las estructuras económicas, culturales y sociales que favorecen una mentalidad orientada a la acumulación. Los primeros nos enseñan a gobernar nuestra relación con las circunstancias; el segundo nos invita también a examinar las condiciones sociales que moldean nuestros deseos. En conjunto, estas perspectivas permiten formular una conclusión que considero fundamental: no necesitamos renunciar al progreso material para vivir con libertad, pero sí debemos evitar que nuestra tranquilidad dependa enteramente de él.
Carl Jung: descubrir quiénes somos detrás de lo que aparentamos
La psicología analítica de Carl Gustav Jung introduce una dimensión todavía más profunda. Su concepto de individuación describe un proceso de desarrollo psicológico mediante el cual la persona busca integrar aspectos conscientes e inconscientes de su personalidad para alcanzar una existencia más completa y auténtica. No significa convertirse en alguien aislado, egoísta o exclusivamente preocupado por sí mismo, sino reconocer nuestra complejidad interior, comprender nuestras contradicciones y desarrollar una relación más consciente con aquello que verdaderamente somos.
Jung distinguió, entre otros conceptos, la persona, entendida como la máscara psicológica mediante la cual nos presentamos socialmente. Esa máscara cumple una función necesaria: nos permite desempeñar roles, asumir responsabilidades y adaptarnos a diferentes situaciones. El problema aparece cuando terminamos identificándonos exclusivamente con ella. Podemos llegar a creer que somos únicamente nuestra profesión, nuestro prestigio, nuestra posición económica o la imagen que proyectamos. De esa manera, el personaje construido para desenvolvernos en sociedad comienza a desplazar nuestra identidad más profunda.
Esta idea guarda una relación particularmente interesante con la orientación del tener descrita por Fromm. Una persona puede acumular reconocimientos, propiedades y logros profesionales mientras permanece desconectada de sus necesidades emocionales, de sus valores y de sus contradicciones internas. Desde la perspectiva junguiana, el proceso de individuación exige también reconocer nuestra sombra, es decir, aquellos aspectos de la personalidad que desconocemos, negamos o preferimos mantener fuera de la conciencia. Entre ellos pueden encontrarse el miedo al fracaso, la necesidad desmedida de aprobación, la envidia o la inseguridad que intentamos compensar mediante demostraciones externas de éxito.
Aunque Fromm y Jung desarrollaron teorías psicológicas diferentes, sus pensamientos permiten establecer un diálogo enriquecedor. Fromm nos advierte sobre el peligro de construir nuestra existencia alrededor de las posesiones; Jung nos ayuda a comprender cómo podemos terminar confundiendo nuestra identidad con una imagen parcial de nosotros mismos. Desde mi interpretación, ambos nos invitan a realizar un mismo ejercicio de honestidad interior: preguntarnos cuánto de nuestra vida responde a nuestras convicciones auténticas y cuánto representa un esfuerzo permanente por satisfacer expectativas ajenas.
Quizás uno de los desafíos más difíciles del crecimiento personal consista precisamente en abandonar la necesidad de demostrar constantemente quiénes somos y comenzar a descubrirlo verdaderamente.
Viktor Frankl: cuando el sentido vale más que las circunstancias
La cuarta perspectiva que deseo incorporar pertenece a Viktor Frankl, neurólogo, psiquiatra y creador de la logoterapia. Su pensamiento parte de una premisa fundamental: una de las motivaciones centrales del ser humano es la búsqueda de sentido. A diferencia de los enfoques que sitúan el placer o el poder como impulsos predominantes, Frankl destacó la capacidad humana para encontrar significado mediante nuestras acciones, nuestros vínculos y la actitud que adoptamos frente a circunstancias que no podemos modificar.
Su experiencia como sobreviviente de los campos de concentración nazis otorgó una dimensión profundamente humana a estas reflexiones. Frankl comprendió que, incluso cuando las condiciones externas restringen dramáticamente nuestra libertad, puede subsistir un espacio interior desde el cual responder a la realidad. Esto no significa desconocer el sufrimiento ni afirmar que todas las personas disponen de las mismas posibilidades materiales o psicológicas. Significa reconocer que la dignidad humana no puede reducirse exclusivamente a aquello que las circunstancias nos permiten conservar.
Al comparar su pensamiento con el de Fromm, encuentro una complementariedad extraordinaria. Fromm nos pregunta desde qué orientación estamos viviendo; Frankl nos invita a descubrir para qué vivimos. El primero examina la diferencia entre poseer y experimentar plenamente la existencia; el segundo nos recuerda que el sentido puede encontrarse en una tarea valiosa, en el amor hacia otra persona o en la actitud asumida frente al sufrimiento inevitable. Desde esta mirada, el dinero, el trabajo y los proyectos materiales pueden adquirir un significado profundamente positivo cuando están vinculados con una finalidad que trasciende la simple acumulación.
Y aquí aparece una reflexión personal que considero decisiva: trabajar intensamente, emprender, producir y construir patrimonio no tiene por qué alejarnos de una existencia orientada al ser. Todo depende de la conciencia con la cual desarrollamos esas actividades y del sentido que les otorgamos. Crear oportunidades laborales, brindar bienestar a nuestra familia, ayudar a quienes nos rodean o materializar un proyecto nacido de nuestras convicciones también puede constituir una expresión de realización personal. El problema comienza cuando olvidamos el propósito que impulsó nuestro esfuerzo y transformamos la acumulación en un objetivo que se justifica únicamente por sí mismo.
La verdadera riqueza de una vida consciente
Después de recorrer estas cuatro perspectivas, encuentro una enseñanza común, aunque cada autor llegue a ella por caminos diferentes. Fromm nos invita a distinguir entre vivir para poseer y vivir para desarrollarnos; los estoicos nos enseñan a no entregar nuestra libertad interior a circunstancias externas; Jung nos propone descubrir e integrar nuestra identidad más profunda, y Frankl nos recuerda que una existencia significativa necesita propósitos que trasciendan la satisfacción inmediata de nuestros deseos. No son doctrinas equivalentes ni ofrecen respuestas idénticas, pero todas nos ayudan a cuestionar una creencia profundamente instalada en nuestra cultura: que el valor de una persona puede medirse por la cantidad de cosas que consigue acumular.
Personalmente, no encuentro contradicción alguna entre aspirar al bienestar económico y cultivar una vida interior enriquecedora. Por el contrario, considero que ambas dimensiones pueden complementarse cuando existe conciencia, responsabilidad y equilibrio. Lo que sí encuentro peligroso es convertir los medios en fines y olvidar que nuestro tiempo, nuestros vínculos, nuestra salud emocional y nuestra capacidad de disfrutar la existencia poseen un valor que ningún patrimonio puede reemplazar. Quizás por eso, cuanto más reflexiono sobre estas cuestiones, más convencido estoy de que la verdadera prosperidad no consiste simplemente en aumentar lo que tenemos, sino también en enriquecer aquello que somos.
Quisiera cerrar regresando a la pregunta que dio origen a estas páginas. ¿De qué sirve conquistar todo aquello que deseamos tener si, en el camino, terminamos perdiendo aquello que verdaderamente somos? Tal vez la respuesta no consista en elegir entre el ser y el tener como si fueran enemigos irreconciliables, sino en establecer conscientemente cuál de ellos debe orientar nuestra existencia. Porque podemos tener sin dejar de ser, pero difícilmente podamos alcanzar una felicidad auténtica cuando dejamos de ser para dedicarnos exclusivamente a tener.
Te invito a realizar un ejercicio sencillo, pero profundamente revelador: preguntate quién serías si mañana desaparecieran tus posesiones, tus títulos y todos aquellos atributos con los cuales acostumbrás presentarte ante el mundo. ¿Qué valores, qué vínculos, qué convicciones y qué propósitos permanecerían intactos? Quizás allí, en aquello que nadie puede comprar ni exhibir como una conquista material, comience a revelarse nuestra verdadera riqueza.
Al final, la vida no debería ser solamente una carrera para conseguir más cosas, sino una oportunidad extraordinaria para convertirnos en mejores seres humanos. Porque aquello que tenemos puede enriquecer nuestras circunstancias, pero aquello que somos es lo que finalmente le da sentido a nuestra existencia.