La culpa siempre es de otro: cómo recuperar el control de nuestra vida

En julio de 2014 escribí un artículo al que titulé “La culpa de lo que me pasa la tienen los demás”. Lo recuerdo porque, en aquel momento, mi mirada estaba mucho más puesta hacia adentro. Era una reflexión nacida de experiencias personales, de esas situaciones en las que uno comienza a descubrir que no siempre es cómodo preguntarse cuánto tuvo que ver con aquello que terminó viviendo. Han pasado más de doce años desde entonces. Pasó el tiempo, llegaron otras experiencias, algunas certezas se desarmaron, aparecieron nuevas preguntas y, sobre todo, fui incorporando conocimientos que me permitieron volver sobre aquella vieja idea desde otro lugar.

Y descubrí algo interesante: el problema que entonces observaba fundamentalmente en mí hoy lo veo repetirse con una frecuencia llamativa a nuestro alrededor.

Vivimos en una época donde encontrar culpables parece haberse convertido en una respuesta casi automática. La culpa es del gobierno, de la oposición, de la economía, del empresario, del empleado, del jefe, de los padres, de la pareja, de la escuela, de las redes sociales, del país donde nacimos, de la generación anterior o de la que vino después. A veces, por supuesto, muchas de esas circunstancias tienen una influencia real. Sería ingenuo negar que existen contextos económicos difíciles, injusticias, desigualdades, decisiones ajenas que nos perjudican, enfermedades, accidentes, traiciones o acontecimientos absolutamente fuera de nuestro alcance.

Pero existe una diferencia enorme entre reconocer que el mundo exterior condiciona nuestra vida y entregar completamente nuestra vida al mundo exterior.
Tal vez alguna vez escuchaste a alguien decir: “Nunca tuve suerte”, “A mí siempre me pasa lo mismo”, “El sistema está hecho para que uno no pueda progresar”, “Con este país es imposible”, “Mi jefe no me deja crecer”, “Si hubiera tenido otros padres mi vida sería distinta” o simplemente “Yo no puedo hacer nada”. Quizás incluso alguna vez lo dijiste vos. Yo también.
Y precisamente por eso creo que vale la pena detenernos sobre este tema sin juzgar a nadie. Porque detrás de muchas de esas frases existe algo mucho más profundo que una simple queja. Existe una determinada manera de interpretar nuestra relación con la vida.

En psicología existe un concepto especialmente interesante para comprenderlo: el locus de control. Fue desarrollado por el psicólogo Julian Rotter durante la década de 1960. La palabra locus proviene del latín y significa “lugar”. Dicho de una manera sencilla, el concepto intenta responder una pregunta fundamental: ¿dónde creemos que está ubicada la causa principal de aquello que nos sucede?
Hay personas que tienden a desarrollar lo que se denomina un locus de control interno. Son aquellas que consideran que sus decisiones, su preparación, sus hábitos, su trabajo y su conducta tienen una influencia importante sobre los resultados que obtienen. Frente a un examen aprobado probablemente dirán: “Me fue bien porque estudié”. Frente a un proyecto que funcionó pensarán que hubo planificación, esfuerzo y perseverancia.
Otras personas desarrollan predominantemente un locus de control externo. Allí la explicación suele encontrarse afuera. Si aprobaron un examen, quizás tuvieron suerte. Si lo desaprobaron, seguramente el profesor les tenía bronca. Si el negocio funciona, fue porque justo apareció una oportunidad. Si fracasa, la culpa será únicamente de la economía, de los clientes o de la competencia.
La diferencia puede parecer pequeña, pero modifica profundamente la manera en que una persona se posiciona frente a la existencia. Porque la pregunta importante no es solamente quién tiene razón sobre lo que ocurrió. La pregunta verdaderamente importante es: ¿desde cuál de esas posiciones tenemos mayores posibilidades de actuar?
Cuando todo lo malo que nos ocurre siempre tiene un responsable afuera, sucede algo paradójico. En apariencia nos protegemos. Evitamos sentir culpa, vergüenza o incomodidad. No necesitamos revisar nuestras decisiones porque podemos encontrar rápidamente una explicación externa. Durante algunos minutos incluso puede producir cierto alivio emocional. Pero el precio de ese alivio puede ser enorme. Porque si acepto que los demás son responsables absolutos de aquello que ocurre en mi vida, también estoy aceptando, casi sin darme cuenta, que los demás tienen el poder absoluto de cambiarla.
Y entonces dejo de ser protagonista y me convierto lentamente en espectador de mis propios resultados. Si mi bienestar depende exclusivamente de que cambie la economía, tendré que esperar a que cambie la economía. Si mi tranquilidad depende de que determinada persona modifique su comportamiento, tendré que esperar a que esa persona quiera hacerlo. Si mi crecimiento profesional depende únicamente de que alguien reconozca mi talento, quedaré esperando ese reconocimiento. Si para sentirme bien necesito que todos me comprendan, que nadie me critique, que el mundo sea justo y que las circunstancias acompañen mis planes, probablemente pasaré buena parte de mi vida esperando condiciones ideales que quizás nunca lleguen. Y allí aparece uno de los peligros más silenciosos del locus de control externo: la sensación de impotencia.
“Haga lo que haga, nada cambia.” Esa frase puede ser devastadora. Cuando una persona comienza a convencerse de que sus acciones prácticamente no tienen consecuencias sobre su realidad, el esfuerzo pierde sentido. ¿Para qué intentar nuevamente? ¿Para qué aprender algo nuevo? ¿Para qué cambiar un hábito? ¿Para qué asumir un riesgo? ¿Para qué comenzar de nuevo?
La psicología ha estudiado fenómenos relacionados con esta percepción de falta de control bajo el concepto de indefensión aprendida: cuando después de experimentar repetidamente situaciones que parecen imposibles de modificar, podemos terminar creyendo que nuestras acciones ya no sirven, incluso frente a escenarios donde sí existirían alternativas. Entonces dejamos de intentar y muchas veces el mayor fracaso no ocurre cuando algo sale mal, ocurre cuando dejamos de creer que todavía podemos hacer algo.
La queja permanente también puede convertirse en una forma de vida. No porque alguien decida conscientemente ser una persona negativa, sino porque nuestro cerebro aprende caminos conocidos. Si durante años entrenamos la mirada para detectar responsables externos, cada dificultad encontrará rápidamente un culpable disponible. Y cuanto más repetimos esa interpretación, más natural nos resulta. El problema es que la queja consume una cantidad extraordinaria de energía.
Pensamos en aquello que hicieron los demás. Reproducimos mentalmente conversaciones. Imaginamos cómo deberían haber actuado. Discutimos acontecimientos que ya sucedieron. Nos indignamos frente a situaciones que no podemos modificar. Seguimos explicando una y otra vez por qué nuestra situación actual es consecuencia de decisiones tomadas por terceros.

Podemos tener razón, incluso podemos tener toda la razón, pero hay una pregunta que tarde o temprano deberíamos hacernos: ¿Y ahora qué hago yo con esto?
Porque tener razón no siempre cambia nuestra realidad. Nuestras decisiones sí pueden empezar a cambiarla. Esto no significa abrazar esa versión superficial del pensamiento positivo que pretende convencernos de que todo depende exclusivamente de nosotros. No es así. Hay personas que nacen en condiciones extraordinariamente difíciles. Hay contextos económicos que destruyen proyectos. Hay enfermedades que aparecen sin pedir permiso. Hay decisiones políticas que afectan nuestras posibilidades. Hay empresas que cierran, relaciones que terminan, personas que traicionan nuestra confianza y acontecimientos que jamás hubiéramos elegido. Negar todo eso sería profundamente injusto.

Tener un locus de control interno saludable no significa creer que controlamos todo. Significa algo mucho más realista y mucho más poderoso: comprender que, aun cuando no podamos elegir muchas de las circunstancias que llegan a nuestra vida, conservamos un margen de decisión sobre nuestra respuesta frente a ellas. Y ese margen puede parecer pequeño, pero muchas veces es allí donde comienza todo cambio. Esta idea tiene además una enorme cercanía con una de las enseñanzas que más profundamente valoro del estoicismo. Hace casi dos mil años, Epicteto iniciaba su Enquiridión distinguiendo entre aquellas cosas que dependen de nosotros y aquellas que no dependen de nosotros. No podemos controlar completamente lo que los demás piensan, la economía, el clima, el pasado, las decisiones de otra persona o buena parte de los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor. Pero sí podemos trabajar sobre nuestros juicios, nuestras decisiones, nuestras acciones y nuestra manera de responder.

Quizás buena parte de nuestra paz dependa de aprender esa diferencia.

Porque muchas veces sufrimos dos veces.

Primero por aquello que ocurrió.

Y después porque pretendemos controlar lo que ya no está bajo nuestro control.

Una herramienta sencilla consiste en dividir mentalmente nuestras preocupaciones en dos grandes espacios. Por un lado está todo aquello que nos preocupa pero sobre lo cual tenemos poca o ninguna capacidad de intervención. Por otro lado están aquellas acciones concretas que sí dependen, al menos parcialmente, de nosotros.

Podemos preocuparnos durante horas por la situación económica del país. Pero quizás hoy podamos revisar nuestros gastos, mejorar la administración de nuestro negocio, capacitarnos, buscar nuevos clientes o desarrollar otra fuente de ingresos.

Podemos lamentarnos porque alguien no nos valora. Pero podemos decidir poner límites, comunicar mejor lo que sentimos o alejarnos de un vínculo que permanentemente nos lastima.

Podemos culpar durante años a nuestra educación por aquello que no aprendimos. O podemos aceptar que aquello efectivamente ocurrió y comenzar hoy a aprenderlo.

Podemos lamentarnos por las oportunidades que no tuvimos.

O podemos preguntarnos cuáles todavía podemos crear.

La pregunta cambia completamente nuestra posición frente al problema.

En lugar de “¿por qué me pasa esto?”, quizás convenga incorporar otra:

“¿Qué parte de esta situación todavía depende de mí?”

No necesariamente encontraremos una solución completa. A veces solo tendremos un cinco por ciento de margen de acción.

Pero cinco por ciento es infinitamente más poderoso que cero.

También deberíamos prestar atención a nuestro lenguaje. Las palabras que repetimos terminan construyendo parte del relato con el que interpretamos nuestra propia existencia. “No puedo hacer nada”, “siempre tuve mala suerte”, “nadie me ayuda”, “todo está en mi contra” pueden dejar de ser simples expresiones para transformarse lentamente en creencias.

Podríamos empezar reemplazándolas por preguntas.

“¿Qué puedo hacer diferente?”

“¿Qué puedo aprender de esto?”

“¿Qué está bajo mi responsabilidad?”

“¿Qué decisión puedo tomar hoy?”

“¿Qué pequeña acción puede mejorar un poco esta situación?”

Parece demasiado sencillo.

Pero buena parte de los grandes cambios humanos comienzan con preguntas diferentes.

También puede resultar muy útil registrar nuestros pequeños logros. Estamos acostumbrados a recordar nuestros errores con extraordinaria precisión y a minimizar aquello que hacemos bien. Sin embargo, reconocer las metas que alcanzamos gracias a nuestras propias decisiones ayuda a reconstruir la percepción de eficacia personal.

Ese llamado que finalmente hicimos.

Ese límite que aprendimos a poner.

Ese curso que comenzamos.

Ese hábito que sostuvimos durante una semana.

Ese gasto innecesario que evitamos.

Ese momento en que decidimos no responder impulsivamente.

Ese día en que, a pesar del cansancio, continuamos.

La transformación personal rara vez llega como una escena cinematográfica donde despertamos siendo otra persona.

Generalmente ocurre de manera mucho más silenciosa.

Comienza cuando recuperamos pequeñas parcelas de responsabilidad sobre nuestra vida.

Y quizás aquí aparezca una palabra que durante mucho tiempo hemos interpretado de manera equivocada: responsabilidad.

Responsabilidad no es culpa.

La culpa mira principalmente hacia atrás y pregunta quién provocó el problema.

La responsabilidad mira hacia adelante y pregunta quién puede empezar a hacer algo con él.

Podemos no ser culpables de muchas situaciones que nos ocurrieron y, sin embargo, seguir siendo responsables de aquello que hacemos después.

Esa diferencia puede cambiar una vida.

Tal vez no elegiste dónde naciste.

No elegiste muchas de las heridas que recibiste.

No elegiste determinadas pérdidas.

No elegiste algunas decisiones que otros tomaron y terminaron afectándote.

No elegiste muchas de las cartas que la vida puso sobre la mesa.

Pero todavía podés decidir cómo jugarlas.

Han pasado más de doce años desde aquel artículo de 2014 y hoy entiendo aquella frase —“la culpa de lo que me pasa la tienen los demás”— de una manera bastante diferente. Ya no me interesa tanto discutir si los demás tienen o no alguna responsabilidad. Muchas veces seguramente la tienen.

Lo que me interesa es algo mucho más profundo.

No entregarles también mi futuro.

Porque quizás una de las formas más silenciosas de perder nuestra libertad sea convencerlos —y convencernos— de que nuestra vida depende completamente de alguien más.

Siempre existirán circunstancias que no podamos cambiar.

Siempre habrá personas que nos decepcionen.

Siempre habrá decisiones injustas.

Siempre aparecerán momentos en los que el viento sople en contra.

Pero mientras podamos preguntarnos qué depende todavía de nosotros, quedará una puerta abierta.

Y mientras esa puerta permanezca abierta, todavía hay posibilidad de movimiento.

Por eso hoy quisiera proponerte algo muy sencillo. La próxima vez que estés frente a un problema, antes de buscar culpables, antes de repetir todas las razones por las cuales aquello no debería estar ocurriendo, hacete una pregunta:

¿Qué puedo hacer yo, desde donde estoy y con lo que tengo, para mejorar aunque sea un poco esta situación?

Tal vez la respuesta sea pequeña.

No importa.

Empezá por ahí.

Porque recuperar el timón de nuestra vida no significa controlar el océano.

Significa comprender que, aun cuando no podamos elegir el viento, todavía podemos ajustar las velas.

Y muchas veces ese pequeño gesto es el principio de un destino completamente diferente.

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