La Argentina que despega y la Argentina que todavía espera

En la vida cotidiana trato de encontrar tiempo para todo. No siempre es sencillo, porque las obligaciones se acumulan y los días parecen tener menos horas de las que necesitamos. Entre la actividad laboral, empresarial, personal y familiar, intento reservar también un espacio para escribir. Escribir sobre la vida, sobre aquello que observo, sobre lo que siento y sobre las experiencias que, de alguna manera, me obligan a detenerme y pensar. Desde mi regreso a la radio volví a involucrarme con mayor intensidad en los temas que atraviesan a nuestra sociedad: la política, la economía, el trabajo, la producción y las decisiones que terminan influyendo, tarde o temprano, en la vida cotidiana de todos los argentinos. Y es precisamente sobre esa realidad económica, compleja y muchas veces contradictoria, que quiero reflexionar en este artículo.

Hace poco tuve la posibilidad de comparar dos situaciones comerciales completamente diferentes. En una conversación con un amigo que tiene una concesionaria de automóviles, me transmitió su preocupación por la fuerte caída que venía experimentando el sector. Los números parecían darle la razón: durante junio de 2026 se patentaron 45.995 vehículos, un 12,8 % menos que en junio de 2025, mientras que el acumulado del primer semestre mostró una disminución del 9,9 % interanual. Algunas marcas tradicionales registraron retrocesos todavía mayores y comenzaron a sentir con fuerza una competencia importada que crece, especialmente con la llegada de nuevas automotrices de origen chino.

Pocos días después me reuní con uno de mis clientes, dedicado a la comercialización de motovehículos. Su percepción era completamente distinta. Me hablaba de un mercado dinámico, con una demanda sostenida y cifras que se acercaban a récords históricos. Nuevamente, los números respaldaban su experiencia: durante junio se patentaron 68.390 motovehículos, un 42,3 % más que en el mismo mes de 2025. En el acumulado del primer semestre se alcanzaron 440.190 unidades, con un crecimiento interanual del 43,8 %.

Dos historias. Dos comerciantes. Dos realidades distintas dentro de un mismo país. Los dos tenían razón. Uno observaba cómo su actividad se contraía y cómo las ventas comenzaban a presentar dificultades; el otro atravesaba uno de los mejores momentos de su sector. Eran, de alguna manera, las dos caras de una misma moneda, el yin y el yang de una economía que avanza en algunas direcciones mientras retrocede o se demora en otras.

Aquellas conversaciones me dejaron pensando. Durante muchos años la discusión pública argentina fue excesivamente simple. Tuvimos algunos períodos de crecimiento, otros de relativa estabilidad y demasiadas crisis que dejaron heridas profundas. En medio de esa historia, la polarización convirtió cualquier análisis económico en una batalla entre dos extremos. Para algunos, todo estaba bien. Para otros, todo estaba mal. Cada sector político, económico o social defendía su propia interpretación como si fuera la única posible, y cualquier dato que contradijera esa mirada era rechazado o escondido.

Tal vez uno de los aprendizajes que deberíamos haber obtenido después de tantas crisis sea comprender que la realidad casi nunca entra completamente en dos categorías. Un país no puede analizarse solamente desde el éxito de un sector ni desde las dificultades de otro. Tampoco puede medirse únicamente por una cifra macroeconómica, por el resultado de una empresa o por la experiencia individual de una familia. La verdadera economía es la suma de millones de realidades diferentes que conviven, se cruzan y muchas veces se contradicen.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente si a la Argentina le está yendo bien o mal. La pregunta más honesta es otra: ¿qué está sucediendo en cada sector de la economía y por qué sus resultados son tan diferentes? ¿Qué actividades comenzaron a crecer? ¿Cuáles todavía enfrentan dificultades? ¿Qué condiciones favorecen a unas y qué obstáculos continúan limitando a otras? Solamente cuando abandonamos las consignas y miramos los datos con serenidad podemos acercarnos a una respuesta más completa.

La economía argentina no se está moviendo toda al mismo tiempo ni en una misma dirección. El producto interno bruto creció un 2,3 % interanual durante el primer trimestre de 2026 y la actividad económica registró en mayo una variación interanual positiva del 0,2 %. Sin embargo, ese promedio general esconde comportamientos muy diferentes: mientras algunas actividades avanzan, otras todavía atraviesan una situación difícil.

Hay sectores que encontraron mejores condiciones para crecer. La energía, la minería, parte del agro, la economía del conocimiento y determinados servicios profesionales muestran inversiones, exportaciones y perspectivas que hasta hace pocos años parecían difíciles de imaginar. En el primer trimestre de 2026, el indicador del sector energético creció un 1,2 % interanual, mientras que la minería alcanzó niveles récord de exportación y continúa atrayendo proyectos de inversión. Al mismo tiempo, durante junio las exportaciones argentinas llegaron a 9.055 millones de dólares y dejaron un superávit comercial de 2.194 millones.

Argentina posee recursos extraordinarios. Tiene energía, minerales, alimentos, conocimiento, talento profesional, capacidad industrial y una ubicación geográfica privilegiada. Cuando existen reglas más previsibles, estabilidad y posibilidades concretas de inversión, esos recursos comienzan a transformarse en proyectos productivos. Esto debe ser reconocido como una buena noticia. No tendríamos que mirar con sospecha a los sectores que crecen, sino acompañarlos para que desarrollen todo su potencial, multipliquen las exportaciones, incorporen tecnología y generen trabajo genuino.

Pero junto a esa Argentina que comienza a despegar convive otra realidad. La industria orientada al mercado interno, muchas pequeñas y medianas empresas, parte del comercio tradicional, la gastronomía y numerosos prestadores de servicios todavía sienten las consecuencias de una economía que continúa reordenándose. En mayo de 2026, la producción industrial manufacturera cayó un 5,7 % interanual. La construcción, aunque mostró una recuperación del 4,1 % en ese mismo mes, continúa atravesando un comportamiento irregular y muy diferente según la región, el tipo de obra y la disponibilidad de inversión.

En muchos hogares, además, la percepción de recuperación todavía no se traduce plenamente en tranquilidad. Hay trabajadores que lograron mejorar sus ingresos, pero también familias que continúan haciendo cuentas para llegar a fin de mes. El empleo no siempre crece al mismo ritmo que las actividades más dinámicas, y la tasa de desocupación se ubicó en el 7,8 % durante el primer trimestre de 2026. A esto se suma una distribución del ingreso que sigue mostrando desigualdades y una clase media que continúa realizando un esfuerzo enorme para sostener su nivel de vida.

Esa realidad se siente en los bolsillos, en las heladeras, en los comercios de barrio, en las decisiones de consumo y en los proyectos que muchas familias postergan. Una estadística puede mostrar crecimiento, pero detrás de esa cifra puede haber una persona que todavía no consiguió trabajo. Un informe puede señalar una recuperación salarial, mientras una familia continúa sintiendo que su ingreso no alcanza. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. La economía no es una fotografía inmóvil, sino una película en movimiento, y cada argentino parece estar observando una escena diferente.

Por eso no creo que la mejor manera de describir este momento sea afirmar simplemente que a la Argentina le va bien o que le va mal. La descripción más precisa es otra: hay una Argentina que comenzó a despegar y existe otra que todavía espera que ese crecimiento llegue a su trabajo, a su empresa, a su salario y a su mesa.

Aquí aparece la pregunta que verdaderamente me interesa. No se trata de negar que todo proceso de transformación produce sectores que avanzan con mayor rapidez y otros que necesitan más tiempo para adaptarse. Tampoco se trata de enfrentar a quienes crecen contra quienes todavía atraviesan dificultades. La pregunta central es si seremos capaces de construir un país donde ese crecimiento se expanda, genere empleo, fortalezca a la clase media y alcance también a quienes hoy sienten que realizan un esfuerzo inmenso sin obtener todavía los resultados esperados.

Durante demasiado tiempo, el kirchnerismo intentó resolver este problema mediante subsidios permanentes, controles, restricciones, emisión monetaria y una economía cada vez más cerrada a la competencia. Esa experiencia terminó debilitando la moneda, multiplicando las distorsiones y haciendo que muchas personas dependieran del Estado en lugar de encontrar posibilidades reales de progreso. El asistencialismo puede ser necesario para acompañar a quien atraviesa una emergencia, pero no puede convertirse en el horizonte definitivo de una sociedad.

Sin embargo, tampoco alcanza con creer que el crecimiento de unos pocos sectores se trasladará automáticamente al resto de la población. El llamado derrame no siempre sucede por sí solo. Una inversión minera, energética o agroindustrial puede generar riqueza, pero para que esa riqueza transforme verdaderamente al país necesita caminos, ferrocarriles, puertos, proveedores nacionales, trabajadores capacitados, instituciones educativas, empresas locales y comunidades preparadas para formar parte de esa nueva actividad.

Entre el Estado que pretende controlar y repartirlo todo y el Estado que decide retirarse de cualquier responsabilidad debe existir un camino diferente. Un Estado inteligente, limitado en aquello que no debe hacer, pero presente donde realmente es necesario. Un Estado que no asfixie a quienes producen, pero que construya la infraestructura que el sector privado por sí solo no puede realizar. Que simplifique regulaciones, reduzca impuestos distorsivos, facilite el acceso al crédito, promueva la capacitación laboral, abra mercados internacionales y acompañe a las pequeñas y medianas empresas con potencial para competir, en lugar de condenarlas a desaparecer.

Esa mirada tiene mucho que ver con aquello que siempre he defendido desde mis diferentes responsabilidades empresariales, políticas y sindicales. Creo que resulta indispensable mantener las cuentas públicas claras, consolidadas y equilibradas. Un país que gasta permanentemente más de lo que produce termina pagando esa diferencia con inflación, endeudamiento, pérdida de confianza o una combinación de las tres cosas. El equilibrio fiscal no debería ser una bandera partidaria, sino una condición básica para cualquier proyecto nacional serio.

También creo profundamente que la inversión privada es el verdadero motor de la economía. Son las personas que arriesgan su capital, crean una empresa, abren un comercio, compran una máquina, contratan trabajadores o deciden volver a invertir después de una mala temporada quienes convierten las posibilidades de un país en realidades concretas. Pero esa inversión necesita reglas claras, seguridad jurídica y políticas que no cambien completamente cada vez que cambia el gobierno.

Argentina necesita construir acuerdos que sobrevivan a los presidentes, a los partidos y a los ciclos electorales. Necesitamos definir qué país productivo queremos ser durante los próximos veinte o treinta años. Un proyecto donde la energía y la minería convivan con una industria competitiva; donde el campo crezca acompañado por la tecnología y la agroindustria; donde las exportaciones se multipliquen sin abandonar el mercado interno; donde las pequeñas empresas puedan integrarse a las grandes cadenas productivas y donde los jóvenes encuentren razones para estudiar, trabajar, emprender y construir su futuro en esta tierra.

Gobernar implica mirar toda la realidad. No solamente aquella parte que confirma nuestras ideas. Detrás de cada estadística existen personas. Hay una familia que sostiene un pequeño comercio, un joven que busca su primer empleo, un trabajador que espera una oportunidad para capacitarse, un empresario que arriesga sus ahorros, un profesional que exporta conocimiento y un productor que, después de una buena cosecha, vuelve a invertir a pesar de haber atravesado sequías, crisis y cambios permanentes de reglas.

Todos ellos forman parte de esta hermosa tierra llamada Argentina. El gran desafío de la política no consiste en elegir entre unos y otros, sino en construir las condiciones para que el éxito de los sectores más dinámicos se transforme también en oportunidades para millones de argentinos que todavía esperan. El verdadero desarrollo no ocurre cuando mejora solamente una planilla, sino cuando esa mejora se convierte en empleo, educación, vivienda, salud, dignidad y esperanza.

Tenemos por delante una oportunidad extraordinaria. No será sencilla ni inmediata. Habrá dificultades, errores y sectores que necesitarán tiempo y acompañamiento para adaptarse. Pero por primera vez en muchos años podemos comenzar a imaginar una Argentina que deje de administrar crisis para dedicarse a construir futuro. Para lograrlo necesitaremos responsabilidad fiscal, inversión, trabajo, educación, sensibilidad social y una dirigencia capaz de pensar más allá de la próxima elección.

Necesitamos también recuperar algo que durante décadas fuimos perdiendo: la confianza. Confianza en nuestras capacidades, en nuestros recursos, en quienes producen y, sobre todo, en nosotros mismos como sociedad. Ningún plan económico puede sostenerse sin una comunidad dispuesta a cuidar los logros, corregir los errores y avanzar unida hacia un objetivo común.

La ilusión no debe confundirse con ingenuidad. Tener fe en el país no significa negar sus problemas, sino convencernos de que podemos resolverlos. Significa comprender que el equilibrio de las cuentas es el comienzo, pero que el destino final debe ser el equilibrio de la vida de las personas. Que la estabilidad no es solamente una cifra de inflación, sino la tranquilidad de una familia que puede planificar el mes siguiente. Que el crecimiento no es solamente producir más, sino permitir que cada argentino tenga la posibilidad de desarrollarse plenamente como ser humano.

Sueño con una Argentina donde nadie tenga que elegir entre crecer individualmente o contribuir al crecimiento colectivo. Un país donde el éxito ajeno no sea visto como una amenaza, sino como una puerta que también puede abrir oportunidades para otros. Una nación capaz de premiar el esfuerzo, proteger a quien lo necesita, impulsar a quien quiere emprender y garantizar que ningún niño quede condenado por el lugar donde nació.

Quizás todavía convivamos durante algún tiempo con esas dos Argentinas: la que ya comenzó a despegar y la que continúa esperando. Nuestra responsabilidad es acercarlas hasta que dejen de ser dos realidades enfrentadas y se transformen en un mismo proyecto de nación. Un país que crezca, pero que crezca con su gente. Un país que se desarrolle mientras sus habitantes también puedan desarrollarse, no solamente como trabajadores o consumidores, sino como seres humanos libres, dignos y capaces de construir su propio destino.

La Argentina no está terminada. Está esperando que volvamos a creer en ella. Con trabajo, responsabilidad, sensibilidad y fe podemos convertir esta etapa de transición en el comienzo de una época diferente. Una época en la que crecer deje de ser el privilegio de unos pocos y se convierta en la esperanza compartida de todo un pueblo.

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